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Como a los conejos

Cristóbal Montoro, que administra, impasible el ademán, nuestro bienestar, debe de estar bastante satisfecho de nuestro comportamiento como ciudadanos. Como es generoso, para celebran que en Congreso de los Diputados le vayan a inmortalizar como el segundo ministro de Rajoy reprobado en cuestión de semanas, quiere premiarnos del mismo modo que los niños miman a los conejos que tienen como mascotas en sus casas: poniéndonos zanahorias recién recolectadas en La Moncloa para que gracias a su caroteno conservemos bien la vista, nos bronceemos mejor este verano y no nos despistemos a la hora votar.

Un momento, un momento: que nadie se haga ilusiones y deje de comprar zanahorias – si es que sus ingresos les dan para tanto – porque el manojito que Cristóbal Montoro promete mandarnos atado con un lazo con la bandera española a casa y una tarjeta, con los cumplimientos de Mariano Rajoy y la buena nueva de una bajada simbólica del IRPF, todavía va a hacerse esperar algún tiempo. Se hará, en el momento oportuno, que no será ni a la hora del aperitivo, en que las zanahorias crudas están muy ricas, ni del postre, convertidas en tarta, cuando son más deliciosas.

A los conejos domésticos, las zanahorias se les dan en cualquier momento, pero los conejos son animales que en el calor de los hogares siempre merecen un trato especial, comprensivo y cariñoso. Ni siquiera se les obliga a hacer declaración de su renta. De los ciudadanos en cambio nadie se acuerda salvo cuando llega el momento de los apremios para pagar los impuestos. Las zanahorias prometidas por Montoro tendrán carácter excepcional y, para que al final de la espera las disfrutemos mejor, serán escasas, porque lo poco y bueno es doblemente bueno, y no las podremos degustar hasta 2019.

Si veinte años no son nada, pues un par de ellos, mucho menos. Montoro calcula bien, es de ciencias y se nota; prevé que el momento apropiado será entonces. El diecinueve será año electoral, y quien más quien menos sabrá mostrarse agradecido con quien se ha revelado dadivoso, así que nunca mejor para repartir zanahorias entre quienes tienen dientes para degustarlas. Los conejos cuando ven las zanahorias se ponen contentos, estiran las patas traseras y dan saltitos en la jaula para alcanzar a mordisquearlas. ¿Por qué los humanos vamos a ser diferentes? Todos somos mamíferos, tenemos ojos y orejas, nos gustan las zanahorias y vamos a tener una urna para introducir nuestro voto.

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Como a los conejos

Diego Carcedo

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