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Marea negra

lunes 25 de enero de 2016, 00:00h
Josep Lladós
Josep Lladós
La descontrolada caída de precios del petróleo es una buena noticia de efectos fatales.
Muchos estudiantes aprendieron el concepto cártel analizando la OPEP, pues el mercado del petróleo se ha caracterizado siempre por un comportamiento especulativo y por unas características de oferta y demanda que distan mucho de ser las típicas condiciones de competencia perfecta descritas en los manuales de economía.

En los años recientes, la explotación de yacimientos inéditos y la aparición de nuevos productores menguaron la influencia del famoso cártel del oro negro. Los elevados precios del crudo hicieron posible las costosas inversiones necesarias que acompañaron la aparición de estos nuevos actores.

Su irrupción ha activado el protagonismo del cártel desde una perspectiva distinta. El descenso pronunciado del precio del petróleo mucho tiene que ver con la estrategia de Arabia Saudí, el principal productor mundial, de aumentar su producción con el fin de expulsar del mercado al petróleo más caro. Su eficacia ha sido notable, pues en el último año y medio el aumento de la producción ha superado ampliamente la evolución de una demanda que avanzaba renqueante por los efectos de la crisis financiera. Y pese a que los países integrantes de la OPEP apenas representan un tercio de la producción mundial de petróleo aportaron en 2015 más del 60% del incremento de la producción registrado.

Pero el desplome reciente de los precios sobrepasa ampliamente las expectativas de los inversores. Y si además China, el principal demandante, ajusta a la baja sus previsiones de consumo, el desconcierto cunde pues no hay ningún precedente al que atenerse. La obsesión del productor dominante por ganar cuota de mercado a toda costa dificulta predecir adecuadamente el fin del envite y el punto de inflexión real de la caída de precios

Se percibe que el proceso empieza a estar fuera de control incluso para el promotor de la estrategia, que sufre para financiar su cuantioso presupuesto público, hasta el punto de insinuar la privatización parcial de la joya de la corona, Saudi Aramco, el mayor productor mundial de crudo, un escenario impensable hasta un pasado muy reciente. La presión tampoco cede en la oferta, por la inaudita capacidad de resiliencia de algunos nuevos productores, como el fracking en Estados Unidos, y por la imprevista reaparición de Irán, el principal competidor en reservas. Su regreso al mercado amenaza con un baño de crudo todavía mayor y más indigesto.

Cierto es que la posición dominante de Arabia Saudí en el cártel, debido a sus mayores reservas, le permite mantener vivo el desafío, pero a los precios actuales sólo es económicamente rentable explotar algunos yacimientos petrolíferos del golfo. El resto, tanto dentro como fuera del cártel, asumen el reto manteniendo actividad para financiar mínimamente los enormes costes hundidos en las costosas inversiones realizadas. Para ellos, la revalorización del dólar es una bendición pues en algo les compensa la caída de precios.

Los manuales de economía también predicen que cuando el precio de la energía disminuye se estimula el crecimiento económico mundial, pero la globalización ha hecho sumamente interdependientes las economías y los mercados hasta el punto que el negro reluce más que el oro y se transmuta en nubarrones de pesimismo. Hoy los mercados financieros padecen tanto por las expectativas de caída de resultados e inversiones de las empresas del sector como temen el frenazo de las economías emergentes. No en vano cinco de las seis empresas mayores en facturación del globo pertenecen al sector de la extracción y refino de crudo.

Curioso destino el del ser humano de nuestro tiempo. Acumulamos tanques llenos de crudo al tiempo que la capa de ozono se resquebraja. Algún erudito se sorprendería de que acompañemos acuerdos para la reducción de gases contaminantes de una oferta masiva de combustibles fósiles a precio de ganga. Mientras, todos transitamos sin respiro desde el temor ante la escasez de petróleo al pánico ante su abundancia en el mercado.

*Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)
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