Los atléticos

Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on reddit
Share on telegram
Share on email

Muy bien sabe Dios, que es quien todo lo sabe, que no soy seguidor ni simpatizante de ningún equipo de fútbol madrileño, ni de la capital ni de los alrededores. Uno es fiel a pocas cosas, pero a su equipo de siempre espera seguir siéndolo pase lo que pase. Y ese equipo evidentemente no es madrileño. Pero si un día, nunca se sabe, aunque no se prevea ni se desee, uno cambiase de forma de ser y le diese por hacerse seguidor o simpatizante de un equipo de Madrid no tiene dudas de que ese equipo sería el Atlético. No por nada relacionado con su historial, ni por su condición deportiva ni menos aún por sus propietarios y directivos. Nada de eso, sería exclusivamente por la admiración que siente (siento) por sus seguidores. Tengo varios amigos entre ellos y no puedo describir la impresión que su afición y su resignación me producen. Jamás pierden la esperanza y nunca he visto que la frustración recalcitrante les hunda en la miseria. Cada año renuevan su fe en que alguna de estas décadas se va a producir el milagro de que el equipo haga una temporada normal, sin sobresaltos ni motivos para sentirse avergonzados ante la prepotencia de los madridistas a quienes, entre nosotros, no suele haber quien los soporte. Los atléticos son otra cosa, saben que lo suyo es sufrir y a mi, que de lo que menos tengo es de masoquista, eso me impresiona y hasta me emociona. Los éxitos del Atlético, pocos esa es la verdad, suelen alegrarme porque me producen la ilusión de que mi amigo Miguel Alonso -cura ejemplar de condición, excelente compositor de oficio, buena persona de identidad y seguidor colchonero rayano en el fanatismo- los esté disfrutando en el cielo, un lugar que de existir estará para él reservado.

Le recuerdo los domingos vistiéndose de civil y colgándose la estola con los colores del Club, para ir al Calderón a desgañitarse gritando, unas veces en apoyo del equipo y otras en contra de sus responsables, antes salir corriendo para oficiar la misa de las ocho con que cumplía sus deberes sacerdotales.

TE PODRÍA INTERESAR

DEJA UNA RESPUESTA