Dos ciudades a la sombra de la banca

Carlos Humanes, editor de Elboletin.com
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Washington Y Bruselas son dos de los centros de poder más importantes del mundo, cuya forma de relacionarse con el poder financiero es completamente diferente. Esta semana se han conocido decisiones relevantes sobre la regulación de los sistemas financieros de Europa y EEUU, adoptadas en Washington y Bruselas que dejan bien a las claras las diferencias que existen a la hora de enfrentarse a estas cuestiones en la actitud de los habitantes de dos ciudades que, probablemente, todavía son los dos mayores centros de poder del mundo conocido.

Los supervisores estadounidenses han decidido por fin ponerse serios con sus bancos y desarrollar la norma conocida como ‘Volcker Rule’, que recibe este nombre en honor de Paul Volcker, el expresidente de la Reserva Federal de EEUU (FED) que la impulsó. Un elemento considerado casi la piedra angular de la reforma financiera de Obama. Básicamente, la regla recién adoptada pone severas limitaciones a las entidades financieras tradicionales a la hora de realizar operaciones con derivados y otros juegos peligrosos que suelen tener lugar fuera del territorio conocido de sus balances.

También lveta el camino del ‘propietary trading’ (hacer operaciones en los mercados por cuenta propia) y limita a un máximo del 3% de sus activos totales el dinero que las entidades de depósito pueden invertir en los ‘hedge funds’ y las compañías financieras de esta clase, a quienes reserva en exclusiva la inventiva y la prestidigitación que con tanto desahogo realizaron todas las empresas del sector en los años previos al estallido de la gran crisis global.

En paralelo, en Bruselas, las autoridades económicas europeas han protagonizado otro capítulo de su ya larguísimo camino hacia una unión bancaria, un supervisor único y unas reglas comunes para los bancos europeos. Un trayecto interminable que, además, reunión tras reunión se alarga más. Ahora, los próceres de la UE han situado en 2026, la fecha aproximada en que todas las estructuras y regulaciones que piensan crear se encontrarán, por fin, a pleno funcionamiento.

Una forma de actuar, basada en la constante patada a seguir, que pone de manifiesto, en primer lugar, la gran capacidad de presión de que disponen los bancos europeos, o mejor dicho las grandes entidades financieras y alemanas y francesas, y su capacidad de imponer sus criterios en Bruselas y obtener trato de favor y calendarios propicios. Nada que ver, como ha resultado evidente, con la situación del mismo sector en EEUU, donde también cuenta con poderosos lobby y con contactos y mecanismos para atenuar los golpes y, sin embargo, no consigue los mismos resultados que en Europa.

Esta divergencia tiene su explicación. De un modo u otro, los legisladores estadounidenses tienen que responder, más tarde o más temprano, ante el cuerpo electoral de su país. Son elegidos democráticamente y, por lo mismo, pueden ser ‘destituidos’ del mismo modo por los ciudadanos que les apoyaron con su voto para que ocupen los puestos que ocupan.

Sin embargo, los comisarios y el resto de los habitantes de ese paraíso burocrático conocido como Bruselas no reciben su poder de esta forma ni, por lo tanto, tienen que pasar la dura prueba de las urnas. Sólo responden a un extraño magma formado por gobiernos y parlamentos, y son designados con un peculiar sistema que exige un alto funcionario por país, para respetar los contrapesos, lo que da lugar a que carteras relevantes, caigan en manos de representantes de naciones con poco peso para respaldar cualquier iniciativa. Valga como ejemplo que un lituano, Algirdas Semeta, sea el responsable de la lucha contra el fraude fiscal.

Además, estos comisarios, y el propio presidente de la Comisión José Manuel Durao Barroso ilustra bien el caso, suelen ser políticos que están en proceso de amortización en sus países de origen y por esos son propuestos y apoyados por sus gobiernos de turno. Es en fin, un curioso grupo, que, además, sólo tiene que rendir cuentas de lo que hace una vez al año y ante el Parlamento Europeo, otra institución de carácter decorativo con muy poca incidencia real en la vida cotidiana de los ciudadanos del Continente.

Y es esta profunda divergencia entre cómo y por quién son elegidos los miembros de las instituciones de Washington y Bruselas la que explica con facilidad porque los estadounidenses, también con lentitud y escaso entusiasmo, por supuesto, han conseguido avanzar en el diseño de una arquitectura de seguridad para su sistema financiero que prevenga e intente evitar próximas crisis, mientras que en Europa, los mismos banqueros cuya mala gestión provocó el desastre siguen, más o menos, imponiendo sus condiciones y gestionando la agenda de quienes tienen que supervisarles.

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