EL PODER, PARA LA FAMILIA

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Poco a poco el mundo se va llenado de dinastías republicanas, si se me permite la expresión. Desaparecen las monarquías clásicas, la última de momento la de Nepal, pero a cambio surgen otras nuevas, ahora la de Gabón, un país con petróleo y ley de silencio. Hace unas semanas murió el casi eterno Omar Bongo y, antes de que el personal se agite, ya tenemos entronizado en la Presidencia a su hijo, Alí Bongo. A presidente muerto, presidente hijo puesto. Pasó en Corea del Norte, donde ya se vislumbra el tercer relevo familiar al frente del Estado comunista más oscuro que nos queda, en Siria, en… bueno, hasta en Japón la cosa va de dinastía en dinastía política. Cualquier día ocurrirá lo mismo en Libia o en Egipto. El número de países donde el liderazgo parece cuestión familiar, se vuelve interminable: lo inauguró hace años Haití con los Duvalier y ya no han parado de perder el pudor otros, desde los Estados Unidos con los Bush a Panamá con los Arias y los Torrijos, pasando por Chile y los Frei, Argentina y los Kirchner, Grecia y los Papandreu o Karamalis, Filipinas y los Macapagal, Indonesia y los Sukarno, India y los Ghandi, Cuba y los Castro, Pakistán y los Butto… por no hablar de Polonia y los hermanos Kaczynski de tan triste recuerdo aún presente en su política. Sólo falta en la lista un Berlusconi de repuesto, pero todo se andará. Dejar en herencia el poder ya no es sólo una tradición de la sangre azul; también la roja se apunta y, aunque a veces el pueblo refunfuña, nadie desiste de semejante tentación. Y es que muchos mandamases parece que se van a la tumba más tranquilos dejando que sean sus vástagos los que sigan manejando el cotarro.

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