¿Quo Vadis Bankia?

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Hay analistas con ganas de polémica y que presumen de dotes de observación que, en los últimos tiempos, gustan de describir a Bankia como un caso perdido. Hasta el punto de poner en duda que la entidad pueda ser reflotada, a pesar del dinero que el Estado español va a gastar en su rescate. Más de 30.000 millones de euros, un 3% del PIB, nada más y nada menos.
 
Dinero que, además, ha tenido que pedirse prestado a nuestros socios europeos y, aunque el ministro de Economía, Luis de Guindos, insiste en que se trata de un crédito a un tipo de interés muy favorable (por debajo del 3%, según las informaciones publicadas al respecto), el Memorándum de Entendimiento firmado por España y la UE, incluye, como es sabido, unas condiciones muy duras que obligan al ya baqueteado ciudadano español a realizar nuevos esfuerzos, soportar más recortes y ver, impotente, como empequeñece el estado del bienestar que tanto costó levantar.
 
Y todo ello ¿para qué? Para nada, según opinan estos analistas de los que hablábamos antes. Sobre todo porque Bankia no es recuperable, a tenor de los argumentos que aportan al respecto quienes defienden está opinión. 
 
No lo es, en primer lugar, dicen, porque es un banco con una fuerza laboral sumida en una profunda depresión. Evidentemente, se trata de empleados que o van a ser despedidos, con unas condiciones muy distintas a las que se preveía en su contrato original, gracias a la aprobación de una reforma laboral que eliminó todos sus derechos, o, en el hipotético caso de que conserven su puesto de trabajo, tendrán que soportar severas rebajas de sueldo.  
 
Todo por culpa, además, de unos gestores que no han recibido castigo alguno por las consecuencias de sus actos, han cobrado sus indemnizaciones íntegras gracias a los contratos blindados que firmaron y que sí se respetan. 
 
Eso sin contar con que muchos de ellos, quizá la mayoría, también se han visto empobrecidos por las inversiones que realizaron, tanto en acciones preferentes, como en esa salida a Bolsa fallida y polémica a la que acudieron quizá de buena voluntad pero, sin duda, presionados por una cadena de mando que volcó a la red en la colocación de esas acciones.
 
Y ¿van a contribuir estos empleados desmoralizados y sin motivación alguna a 'levantar' de nuevo la entidad? Es cuando menos dudoso, desde luego. Más aún si además, como argumentan también estos observadores de salón, se trata de relanzar Bankia. Un banco que carece de buenos clientes. Sencillamente porque los ha perdido. 
 
Ha perdido a todos aquellos ahorradores con posibles que se han sentido estafados por las preferentes, pero también a todos a los que no ha podido financiar a causa de su crisis de liquidez y de su imposibilidad de prestar dinero. Es decir, que esa demanda de solvente de crédito que ahora no abunda, según asegura la patronal bancaria, si es rara de encontrar en cualquier entidad financiera, es sencillamente imposible de hallar en Bankia.
 
Por lo tanto, sin empleados y sin clientes, la costosa recuperación de esa entidad financiera es sencillamente imposible, dicen. Con lo que gastar 30.000 millones en el empeño y no, por ejemplo, en financiar políticas de estímulo económico que ayuden a la creación de empleo, es ilógico. A no ser, claro, que los motivos reales del costoso 'rescate' sean bien distintos de los que se dicen en público. 
 
Y, a partir de ahí, estos observadores diletantes,se lanzan ya directamente a un ejercicio de política ficción delirante y, probablemente, falso. Aseguran que si lo que se pretende es dejar un banco saneado y con la reestructuración de plantilla hecha que poder 'colocarle' a un eventual comprador internacional y cobrar la correspondiente comisión, entonces todo cobraría sentido, aunque fuera de un modo poco estimulante.
 
Una historia para no dormir, desde luego, que no debería llegar a ser cierta en ningún caso. Y no lo será, por supuesto. Seguro que estos análisis que circulan sobre el futuro de Bankia, apresurados y fruto de una mirada perversa y quizá interesada, son un simple cuento de esos que se cuentan en algunos ambientes madrileños, entre comensales con poco que hacer, mucha imaginación y mucho tiempo para elaborar relatos de ficción sin conexión alguna con la realidad.