¿Una UE mutilada?

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Estos últimos años hemos asistido a un crecimiento precipitado de la Unión Europea. Para muchos fue una fuga hacia delante el convertir en prioritaria la incorporación de nuevos países a la Organización sin estar preparados adecuadamente y sin estar imbuidos del espíritu europeista. Los resultados los hemos empezado a ver enseguida. Algunos de estos países, como la República Checa y algún que otro más, en lugar de estar reconocidos a los brazos abiertos con que fueron acogidos por sus vecinos del continente, enseguida aprovecharon su estatus de miembro para empezar a poner palos en las ruedas al proceso de integración.

Ahora, cuando se contempla a fecha fija la incorporación de Croacia como miembro número 28 e incluso se vislumbra que Islandia se convierta pronto en el 29, todo parece anticipar que puede producirse exactamente lo contrario, el abandono de uno de los miembros veteranos. El Reino Unido, que siempre fue un miembro díscolo y, dicho en román paladino, toca pelotas, cada día que pasa refleja mayor proclividad ciudadana a abandonar el club. El Gobierno de Cameron empieza a ver como necesario atender a quienes demandan un referéndum para determinar la continuidad y las perspectivas es que si se celebra lo ganarían los abandonistas.

Esto en tiempos no muy lejanos sería contemplado como un desastre, pero los británicos han conseguido, a base de mantenerse en la Organización a contrapelo, jugando permanentemente su papel de incordio y freno a todos los planes de avance en la Unión, han conseguido, digo, que sus amenazas

empiecen a ser contempladas por muchos con alivio. Sin el Reino Unido la Unión Europea se convertirá en una Unión mutilada, perderá peso específico e influencia internacional, pero ganará paz interior, posibilidades de avanzar más rápido y, sobre todo, se verá libre de esa sensación de tener a su principal obstáculo, por no decir enemigo, dentro de casa.