Año de estreno

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Esto de estrenar año, aunque sea un año trece — algo que no se repetirá hasta dentro de un siglo cuando ya nos coja muy mayores — está muy bien. Además que en esta ocasión, a diferencia de los precedentes estrenos de año, lo inauguramos con menos resaca y no porque anoche nos haya abandonado la sed, en absoluto,  sino porque la cartera, sin extra navideña y demás recortes, nos ha limitado de manera bastante extemporánea los excesos de cava y turrón.

Pero en un día así no es cuestión de lamentarse, aunque los únicos que tienen motivos para estar contentos sean los camellos de los Reyes Magos cuyas alforjas les pesan menos que en otros viajes. No es cuestión de lamentos porque en el ambiente pesa una buena noticia, la primera buena noticia de la era Rajoy, y es que 2012 ha terminado, por fin, ya era hora creo que pensaremos muchos. Hay quien asegura que este 2013 que estrenamos será peor.

No lo sé, pero confío que no. Será difícil. La gente dice que 2012 es un año para olvidar, un deseo que se entiende aunque más bien opino que ocurrirá lo contrario. Será un año que vamos a recordar para largo como el peor que nos ha tocado sobrellevar en mucho tiempo. Quedará, eso también, como el año de referencia de la crisis, de la gran crisis. Enseguida la gente datará los hechos según hayan ocurrido antes o después de la crisis.

De todas formas, hoy no es día para ponernos tristes, hostiles contra nadie  ni nostálgicos del tiempo recién pasado,  será imposible. Es año nuevo, todos nos lo hemos deseado y seguimos deseándolo feliz, y en una de estas los deseos de cumplen y 2013 va y nos sorprende con bienes sin cuento. Yo me sumo, aunque como con la edad me he vuelto muy pragmático, voy a quedarme pelín corto y a desear a todos, lectores amigos y lectores discrepantes, lo mínimo con que yo me conformo: que por favor, no nos traiga todos los males que los pronósticos anticipan