El Boson de Higgs

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De pronto la gente se ha olvidado del éxito de la Roja, de la prima de riesgo y de las nuevas medidas de austeridad, que nos acabarán ahogando, y se ha puesto a hablar con un desparpajo que impresiona sobre el Boson de Higgs, ese descubrimiento científico que facilitó el acelerador de partículas de Ginebra y que, los sabios, entre los que no me cuento, consideran verdaderamente histórico. Verdaderamente, digo, porque en los últimos tiempos calificar los hechos cotidianos de históricos es un hábito impropio del rigor con que deberíamos utilizar las palabras, y este no es el caso.

Lo del Boson de Higgs – nombre que el ordenador se empeña en transformar en higos por su cuenta y riesgo — es un enigma difícil de interpretar e imposible de explicar. Al parecer se trata del descubrimiento – o mejor quizás la confirmación de sus existencia – de una partícula que fue la que permitió en su momento, o sea en un momento de miles de millones de años, la formación del universo que ahora nosotros habitamos, disfrutamos y destrozamos tan campantes y felices de habernos conocido. Por eso seguramente la han apodado algunos como la partícula de Dios.

No sé más porque, como decía el otro, lo ignoro. Pero la noticia, que vale igual para sesudos editoriales que para chistes morbosos, sospecho que efectivamente es importante y, pensando en el futuro científico, trascendente. Queda la duda de cómo va a conjugarse, o cómo la ven a conjugar los teólogos, con todo lo que sabíamos hasta ahora sobre la creación del mundo y sobre la esfericidad de la tierra que al final resultó que es redonda. Ahora mismo los jerifaltes del Vaticano están muy atareados lucubrando con el espionaje a que fue sometido el Papa por su propio mayordomo, pero enseguida habrán de ponerse a aclarar las dudas de fe que el sensacional hallazgo pueda estar propiciando entre la cristiandad. Confío que nos lo desvelen pronto.

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