¡Adiós, Ryan!

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El ataúd blanco del pequeño Ryan no ocupa mucho y a juzgar por la persona que lo porta tampoco debe pesar en demasía. Ryan no llegó a conocer a su madre, (a su padre apenas y a través de una urna de cristal), tampoco llegó a conocer la calle ni a jugar con otros niños; sin embargo ha conocido la mala suerte cuando la fatalidad se le coló por la cánula que tenía que darle la vida. Ryan no ha muerto de enfermedad sino que le ha matado la incompetencia.

Da la impresión de que la muerte de Ryan no va a quedar en unas lágrimas de la familia y que sus consecuencias clínicas, políticas y penales pudieran entrar en una deriva de la que desconocemos su final. De momento el padre aguanta el tipo pero el rey de Marruecos ya ha enviado un avión para entrar en el debate acerca de la sanidad española, no tardará en emitir un dictamen que nos cueste un disgusto. A Mohamed VI no es que le preocupe mucho la seguridad clínica en el «Gregorio Marañón» pero si puede darnos un repaso no dudará en hacerlo.

Ryan no era nadie importante pero se le llora con los honores de un funeral de Estado porque tampoco hay que dejar grandes discursos para calar hondo en las personas. Era el bebé milagro, el niño que se consiguió rescatar horas antes de que su madre falleciera. Un madrileño de honor que se ha ganado la categoría de ilustre sin haber gateado en su corta vida y que ahora Alá lo tiene en su gloria porque ni Alá ni Dios pueden abandonar a un niño inocente.

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