El entrenador

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Su misión es ganar títulos no ser un relaciones públicas, pero de eso a cultivar la imagen de borde de España cum laude hay un trecho. Mouriño es el maleducado que todos llevamos dentro pero vestido de Armani, el tipo que nunca desearías tener como vecino, como suegro, como compañero de trabajo.

El mérito de Mouriño consiste en haber hecho de su “bordería” un negocio y que éste sea rentable. A otro en su lugar ya le hubieran mandado a hacer puñetas hace mucho tiempo pero hay que reconocer que el chico sabe vender su mercancía y no pasar indiferente. El entrenador del Real Madrid tiene ese punto que le puede llevar a los altares o a ser despeñado desde la torre norte del Bernabéu.

En realidad no es una sola persona si no el resultado de mezclar a Camacho con el profesor Maurier que garantiza hablar el inglés con mil palabras. Es Luís Aragonés vestido en una tienda neoyorkina, tan bocazas como zapatones, es el padre Apeles del banquillo. Así como a Guardiola se le ve preocupado por la lectura de los presocráticos, en Mouriño se advierte una tendencia a la letra pequeña del contrato y un interés manifiesto por la riqueza. Y se le supone una gran capacidad para el ahorro porque en invitar a los amigos no se gastará mucho en tanto no le deben quedar muchos.

Se entiende el interés que despierta y el tirón mediático que le acompaña, santo o demonio es el personaje de moda, el que le mola a Esperanza Aguirre porque dice lo que piensa. Rajoy con Mouriño en el banquillo.

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