El esperpento, sin crisis

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Acaba de volver Torrente al éxito cinematográfico que suele. Santiago Segura, su inefable creador, asegura que será un buen paliativo para la angustia que crea la crisis económica. La gente araña unos euros del fondo de su bolsillo, compra una entrada en la taquilla en el día del espectador, y durante un par de horas se olvida de sus problemas, que a buen seguro son muchos.

Hasta es bastante posible que se sonría con la cutrez y las patochadas fachas del protagonista cuya imagen burda y sebosa nos devuelve a los mejores tiempos del esperpento social que las oleadas de modernidad intentan borrar sin éxito. Hay un sustrato social oscuro y recalcitrante aferrado al subsuelo de nuestra historia que se resiste a despedir la creencia de que España es diferente, mayormente para lo peor.

Torrente es un buen ejemplo de que el esperpento, al contrario de lo que ocurre con la economía, no está en crisis, y su vigencia aún amenaza con resistir sus embates por bastante tiempo. No está sólo ni siquiera en la ficción. Ahí tenemos, coleando tras su sombra de Superman de feria, al mismísimo Ruiz Mateos a quien el paso de las décadas no resta capacidad para acceder a las portadas de los periódicos, no ya con sus habituales payasadas, que al fin y al cabo sólo provocan carcajadas gratis y sólo a él ridiculizan, sino también, y eso sí que es preocupante, a millares de ahorradores que siguen picando ante sus tretas para el chanchullo empresarial y, lo peor de todo, ante millares de trabajadores con cuyos puestos para ganarse la vida juega sin pudor.

Ruiz Mateos es más esperpéntico que Torrente, pero con la agravante de que es de carne, según parece maquillada, y hueso duro de roer incluso para gobernantes, policías, jueces y ciudadanos proclives a ruborizarse ante el ridículo ajeno.

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