El último organillo

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Leo por ahí que nos quedamos sin organillos y este si que es un problema serio de este lado del Manzanares. Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón no reparan llegado el momento en disfrazarse de chulapos para arañar algún voto que pueda quedar suelto por ahí, y mientras tanto la ciudad (Madrid quiero decir, ¿cuál va a ser?) se queda sin un mal organillo para animarla y sacar sus noches del sopor estival. Hace unos días se celebró la verbena de la Paloma, que la verdad es que nunca he sabido por donde cae, y los organillos que años atrás tanto animaban el ambiente y tanto hacían las delicias del personal castizo, brillaron por su ausencia. Apenas queda uno en activo en la capital pero se ve tan solitario y quizás bicho raro que ha buscado refugio del tumulto y el calor en un bar de las proximidades. Quien quiera escuchar en vivo un organillo, el último que queda, que acuda por las noches al bar Muñiz, pida una cañita y a dejarse arrullar por sus melodías. Luego podrá contarlo con orgullo a los parientes y vecinos: “Yo escuché al último organillo que quedaba”. Un buen motivo para presumir, sí, señor. Los demás tendremos que conformarnos con escuchar enlatados los chotis y cuplés, que por mucho que digan, no es lo mismo que viendo al organillero darle al manubrio. En Madrid tenemos rock en abundancia y soul para todos los gustos, música importada, pero a la propia del lugar, se la desdeña. Por eso la ciudad se ha quedado sin organillos. Ya no hay quien los arme, ni quien los programe, ni quien los repare ni quien sepa tocarlos que eso hay que aprenderlo de pequeño. Tampoco puede decirse que haya muchas personas, chulapos y modistillas mayormente, deseosas de bailar a su son, pero algunas quedan para lamentar que, al igual que las ciencias, también las los ritmos cambian que es una barbaridad.

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