Enfrentamiento cantado

Diego Carcedo
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El enfrentamiento entre los principales líderes de Podemos, Pablo Iglesias e Iñigo Errejón no debería sorprender a nadie. El enfrentamiento entre los principales líderes de Podemos, Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, que estos días es noticia en todos los medios,  no debería sorprender a nadie. Realmente lo que sorprende es que el final de una relación tan estrecha, sorprenda a alguien. Era previsible desde el primer día en que uno de ellos  acaparaba  todo el protagonismo y el otro soportaba dócilmente permanecer en un segundo plano como si se tratase de un edecán. Como era de pronosticar, pronto comenzaron las discrepancias, si es que no rencillas,  que, empezando por ser  disputas ideológicas,  acabarían tomando forma de diferencias políticas y seguramente incompatibilidad personal.
                  
Iglesias es considerado más radical en sus planteamientos revolucionarios  y Errejón,   más moderado y afín a los principios de la democracia tradicional,  sin que ninguno de los dos haya abandonado la senda del populismo que en pocos meses les llevó a fundar un partido y a cosechar importantes éxitos electorales. Quizás esos éxitos, a todas luces demasiado prematuros y espontáneos para ser duraderos, fueron lo que enseguida hicieron aflorar las diferencias entre ellos y sus seguidores. El detonante fue sin duda la actitud parlamentaria que Pablo Iglesias impuso durante la investidura fallida de Pedro Sánchez.
 
Pablo Iglesias se habituó, según reconocen sus próximos,  a ejercer  su liderazgo desde el divismo  y  autoritarismo, algo que evidentemente choca con los principios asamblearios con que surgió el partido. Y las críticas no se hicieron esperar: Errejón no es único militante o simpatizante que discrepa del jefe: es un inteligente inconformista convertido el cabeza visible y actuante de los discrepantes que se sienten menospreciados  y, todavía con ciertas reservas, repiten bajito “no es eso, no es eso”. Pero, insisto, esto no es nuevo y menos impredecible.
                  
Basta echar un vistazo atrás, repasar la Historia reciente, para observar que desde la Revolución Francesa, por no remontarnos a la Edad Media, estas experiencias siempre han acabado de forma más o menos parecida. El ejemplo más elocuente fue el que protagonizaron en los comienzos de la revolución rusa Lenin y Troski o Troski y Stalin, sin olvidar a Beria. Hay muchos más casos de tándem político que se rompe y España tampoco es una excepción.
                  
Cuatro décadas atrás, el dúo formado por  Felipe González y Alfonso guerra aparecía ante la opinión pública como una pareja indisoluble. Incluso gobernaron bastante tiempo en buena armonía y colaboración aparentemente amistosa. Pero las discrepancias tampoco tardaron en trascender y la ruptura definitiva acabó produciéndose y dividiendo al Partido. Tanto uno como otro se convertirían en referentes de dos formar distintas de interpretar el socialismo y apenas con relación personal entre ellos.
                  
La izquierda es quizás más proclive a estas divisiones que con tanta frecuencia frustra sus posibilidades, pero tampoco entre los conservadores faltan situaciones de la misma naturaleza. Durante mucho tiempo José María Aznar y Mariano Rajoy compartían poder y protagonizaban una excelente relación. Aznar fue quién colocó a Rajoy en el ascensor político que le llevaría a la presidencia del Gobierno. Pero aquella excelente relación y amistad también se reveló pasajera. Hoy sólo se saludan protocolariamente.