La izquierda catalana da oxígeno a Rajoy

Rafael Alba
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Las ambiciones políticas de Ada Colau y el callejón sin salida en el que se encuentra la antigua CiU alimentan la esperanza del presidente del Gobierno en funciones. Prodigioso. Por enésima vez, ese superviviente a todos los naufragios llamado Mariano Rajoy, que ejerce, por ahora, de presidente del Gobierno en funciones, parece a punto de sobrevivir en un contexto político que hubiera resultado letal para cualquier otro político. Ahí lo tienen, en plena resaca del ‘caso Soria’, su último tropiezo tan impasible como siempre. Y eso que es un tipo sin carisma que carece del glamour de antiguos estadistas como el seductor Felipe González y ha encabezado el periodo más oscuro de la historia de España, liderado los recortes y funcionado como consentidor necesario del avance imparable de la metástasis del cáncer de la corrupción que corroe a su partido. Más aún. Hay columnistas que, con argumentos más que sólidos aseguran que el líder del PP, es, en realidad, una especie de ‘padrino’ siempre pendiente del destino de los suyos a los que nunca abandona cuando han sido leales, gracias a esa habilidad contrastada que posee de utilizar los recovecos de las instituciones que mantiene secuestradas en una agencia de colocación.
 
Quien más y quién menos, incluso los votantes de buena fe de un partido que debería pasar a la oposición de inmediato para regenerarse y hacerle un servicio al país, sabe perfectamente todo esto. O, por lo menos, lo sospecha. Tanto los sicarios mediáticos que cobran por cubrirle las espaldas, como los votantes que aún acuden a las urnas a apoyar a sus partidos como si, en lugar de ser ciudadanos que ejercen un derecho democrático, fueran aficionados acérrimos de algún equipo de fútbol. Y, sin embargo, por mucho que el oleaje amenace con un ‘tsunami’ definitivo, Rajoy siempre flota, y tras cada episodio aumenta la leyenda de una invulnerabilidad que destroza la moral de sus rivales políticos (sí también de los que tiene en su partido) y nos hace a todos más proclives a aceptar la plaga bíblica que nos quita el sueño. Hasta los más radicales empiezan a estar convencidos de que el bueno de Mariano sólo se irá de La Moncloa cuando le dé la real gana. Aunque las elecciones se repitan ‘ene’ veces o sea necesario cortar las cabezas de todos los líderes que encabezan hoy por hoy al resto de las fuerzas políticas que pululan por el territorio español.
 
Sin embargo, en realidad, Rajoy carece de ‘superpoderes’. Lo único que tiene, en realidad, es una habilidad desmesurada para saber explotar como nadie las oportunidades que la fortuna pone en sus manos y que suelen llegarle gracias a la ineptitud de sus rivales políticos y al autismo generalizado en que se mueven los adictos a las hazañas bélicas que parecen haber sido ocupado el hueco de la inexistente sociedad civil española a base de una movilizaciones callejeras masivas que cada vez se parecen más a esos festivales veraniegos de música ‘indie’ en los que un número más que limitado de artistas ocupan siempre la cabeza del cartel. A don Mariano le regalaron la presidencia, con una serie, también prodigiosa, de decisiones políticas equivocadas, unos tales José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba, gracias a cuyas preclaras cabezas tenemos al PSOE en caída libre desde hace más de un lustro sin que, por ahora, parezca que el partido vaya a tocar fondo.
 
Pero la contribución a la gloria marianista de estos dos secretarios generales con ser inmensa, casi se queda en nada si se la compara con la hoja de servicios para esta misma causa que ha acumulado en los últimos años el independentismo catalán, gracias a la desvergüenza del viejo centro y a la ceguera interesada de una izquierda que ha perdido por completo el norte, en mi opinión y que sirve sólo como tierra abonada para que florezcan las ambiciones desmesuradas de líderes que aspiran a todo a costa de lo que sea. A costa, por ejemplo, de que las políticas económicas neoliberales sigan vivas y coleando.
 
El espantajo catalán, el desafío secesionista, y la necesidad, que debe ser muy urgente, por lo visto de redefinir el modelo territorial español, le funcionan siempre a Rajoy. Esta misma semana, tras la investidura fallida y el fiasco del nombramiento de Soria, la celebración de la Diada, esa bonita romería popular, ha vuelto a poner en el primer plano de la actualidad el catálogo completo de las maravillas del famoso ‘proceso’, con su derecho a decidir, su referéndum unilateral, y sus ‘esteladas’ que siempre sirven para revitalizar a aquellos que piden la formación rápida de un gobierno estable en España, capaz de enfrentarse a este desafío. Aunque nunca quede muy clara la estrategia que ese Ejecutivo que curaría todos los males iba a llevar a cabo para conseguir tal propósito.
 
Pero esta vez, además, el árnica independentista trae un regalo añadido que multiplica las posibilidades de Rajoy de conseguir una investidura en el mes de octubre justo cuando parecía que iba que tener que esperar hasta 2017 para renovar su contrato de alquiler de La Moncloa y que sólo podría hacerlo con unas terceras elecciones de por medio. Y la nueva benefactora de don Mariano, no es otra que Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, que ha elegido precisamente este momento para tomar posiciones de cara a unas posibles elecciones catalanas anticipadas. Colau ha decidido ir a la Diada, y hacerse una buena foto con los ‘indepes’, para exprimir a fondo en términos de votos potenciales el limón del derecho a decidir. Y también, claro, para aparecer como ‘salvadora’ de una izquierda soberanista sin rumbo ni líder carismático, repartida entre su En Comú, la CUP, y ERC, un aguerrido grupo de activistas que el aburrido Oriol Junqueras ya no puede liderar.
 
Con su movimiento, además, Colau ha arrinconado a la vieja Convergencia, que tras el giro hacia el independentismo que imprimió en su estrategia política el agonizante Artur Mas, ha ido perdiendo peso y protagonismo. El apoyo que la buena de Ada ha vuelto a recibir del cada vez más debilitado Pablo Iglesias es música celestial para todos aquellos sectores que insisten en calificar de imposible un pacto por la regeneración democrática entre PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos, que sirviera para desalojar a Rajoy. Es obvio que después de este aumento del ingrediente independentista en el cóctel ‘podemita’, que tan mal ha sentado en las filas de la vieja Iniciativa por Cataluña y la IU estatal, Albert Rivera va a poder cargarse de razones para endosarle un ‘no’ a Pedro Sánchez y desmarcarse de una opción tripartita que sí podría asegurar un gobierno estable y abrir el camino hacia una reforma constitucional que, fuera de esa sensación de urgencia que los nacionalistas españoles y catalanes nos quieren imponer, abordará cambios en el modelo territorial autonómico.
 
Pero los avances de Colau también ponen más posibilidades sobre la mesa. Sobre todo, por el arrinconamiento progresivo de la vieja Convergencia que por no tener no tiene ya ni nombre. En estos días, hay conspiradores recalcitrantes que aseguran en los mentideros de la Villa y Corte que, tal y como vaticinó no hace mucho Ana Oramas, la diputada de Coalición Canaria que se sumó al bloque ‘proRajoy’ en la pasada y fallido sesión de investidura, este otoño el PP va a poder volver a hablar con sus viejos aliados del nacionalismo moderado para llegar a posibles pactos puntuales que incluyan, quizá, fórmulas para facilitar la investidura de Rajoy. La novedad es que, en esta nueva vuelta de tuerca, la versión patrocinada por Ferraz que sitúa al PNV como socio indispensable para la formación de un gobierno que evite las temidas terceras elecciones, se ve enriquecida ahora por la posible participación de algún que otro diputado convergente en la suma.
 
El posible reagrupamiento de la izquierda catalana que dejaría a la vieja Convergencia ‘más’ tocada que nunca puede obrar el milagro. Sobre todo, si Carles Puigdemont, tras ceder una vez más a las exigencias de la CUP para salvar la ‘poltrona’ en la moción de confianza a la que se enfrentará a finales de mes, se ve obligado a convertirse en poco menos que una figura ‘representativa’ y sin mando en plaza, mientras que el vicepresidente, y líder de ERC, Oriol Junqueras, aumenta su poder y no tiene más remedio que acentuar el perfil izquierdista de su gobierno para no perder el liderazgo de este sector político a manos de su ‘querida amiga’ Ada Colau. Quienes parecen estar seguros de que, al final, los convergentes volverán al redil a cambio de algún que otro beneficio judicial que les permita reagruparse y fortalecerse para no desaparecer argumenta aquello de que la ‘pela es la pela’ y si al final la terrible Ada y sus secuaces pueden estar en condiciones de hacerse con las llaves de la caja, las viejas huestes pujolistas tendrán un repentino ataque de cordura y tomarán ejemplo de sus compañeros de fatigas del PNV y la forma en que lograron despertar de aquel mal sueño conocido como Plan Ibarretxe.