Carreras entre ricos

Diego Carcedo
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Amancio Ortega compite desde hace algún tiempo por el envidiado título de hombre más rico del mundo. Amancio Ortega, uno de los empresarios más serios y respetados de España, compite desde hace algún tiempo por el envidiado título de hombre más rico del mundo. Esta competición estuvo ausente de los recientes juegos olímpicos de Río y es una pena porque le hubiese aportado un interés complementario muy singular. Admiro la capacidad empresarial de Ortega y cuando viajo por el mundo siento cierto orgullo patrio  -ahora que esto está tan demodé- cuando veo los escaparates de sus tiendas en los lugares más céntricos de las ciudades más insospechadas.
 
Aunque no le conozco personalmente, tengo la impresión de que esta competición en la que le han metido los analistas de la revista norteamericana Forbes, a él no debe de hacerle tanta gracia como al público en general. Pero ya sabemos que la riqueza, por honradamente que haya sido acumulada, siempre despierta alguna servidumbre indeseada. Estar un día sí y otro también alternando su nombre con el Bill Gates, otro personaje interesante y admirable a pesar de riquísimo, debe de resultar incómodo. Lo siento por él que no se lo merece.
 
Cuantificar la riqueza cuando es mucha, debe de ser bastante complicado y, lo más sorprendente, cambiante. Uno de estos días pasados, creo recordar que el miércoles, Amancio Ortega fue el hombre más rico del mundo apenas durante dos horas y media. Empezó a serlo a las once de la mañana y a la una y media había vuelto a ser superado por su contrincante, Bill Gates. Pero más tarde volvió a recuperar el liderazgo y en estos momentos la verdad es que ignoro cómo va la competición que por otra parte no termina nunca.
                  
¡Qué mareo, tú! Con lo tranquilo y moderado que parece Amancio Ortega en sus fotografías – personalmente, ya digo,  no recuerdo haberle visto – y lo poco dado que es a la publicidad, ¡lo que le ha caído encima! A buen seguro que volcado en sus múltiples asuntos, atento a sus negocios dispersos,  no tiene tiempo para hacer recuento de sus bienes con tanta rapidez como los expertos de Forbes suman, restan, multiplican y comparan cuentas corrientes y acciones.
 
Lo que no tengo muy claro es hasta qué punto son fiables sus datos y precisos sus escalafones. Hace mucho tiempo que esta revista económica -que lleva el nombre de su fundador-, ofrece la lista de las personas más acaudaladas. Antes lo hacía una vez al año, luego pasó a ofrecerla mensualmente y ahora, por lo que se concluye, cada minuto que pasa. Y se ve que le da resultado, porque eso le proporciona un eco internacional extraordinario y unas ventas cuantiosas. Lo necesita para mantener una pista de helicópteros en la terraza de su sede en Manhattan.
 
Es curioso además que sean unas listas que seguramente provocan disgustos y cabreos entre los protagonistas, pero que conste no provocan desmentidos ni reclamaciones. Tampoco denuncias de posibles delatores de saldos bancarios ni algo que se le parezca. Aquí en España desde que Ortega ha desplazado a Indurain en una competición internacional, su éxito nos proporciona frecuente tema para hablar y para escribir, y la verdad es que se agradece porque a Rajoy ya lo tenemos muy gastado.