A buenas horas

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No es nuevo que el FMI, con sus propuestas inmisericordes dictadas desde elegantes despachos, desencadene problemas graves. El Fondo Monetario Internacional, que hace mucho nos tiene acostumbrados a los disgustos, acaba de darse cuenta de que cometió un error al exigir a los países europeos recortes que están destrozando sus economías y arruinando el bienestar social que habían alcanzado. A buenas horas, habrá que añadir enseguida, mientras contemplamos con pavor las colas ante las oficinas del INEM, asistimos a las aglomeraciones en los comedores de caridad y leemos en los periódicos como se dispara la lista de suicidios.

No es nuevo que el FMI, con sus propuestas inmisericordes dictadas desde elegantes despachos por teóricos de la economía millonariamente pagados, desencadene problemas graves a la convivencia y a la subsistencia de los pueblos. La historia reciente está saturada de revoluciones, golpes de Estado, hambrunas y conflictos desencadenados por las imposiciones de este organismo que administra desde la distancia los dineros de los países sin tener en cuenta otros criterios que no sean los que imponen los números.

Y la vida, sobradamente nos consta, es más que cifras y gráficos de balances, cosa que en los despachos del Fondo Monetario nunca han entendido o no han querido entender. Quizás es que se trata de funcionarios que no sufren el paro ni tienen especiales dificultades para llegar a fin de mes. Ahora, tarde ya, claro, su economista jefe, Olivier Blanchard, parece que, igual que le pasó a San Pablo cuando se cayó del caballo, se cayó del Cadillac y se percató de que la austeridad, impuesta en colaboración con la fundamentalista Angela Merkel, acabará con el crecimiento.

Así que no sé qué añadir. Porque sus palabras, de cuyo contenido muchos ya nos habíamos percatado sin tener especiales conocimientos de economía, a estas alturas no consuelan. Más bien cabrean, para ser claro y preciso. Sólo cabría añadir que ante esta realidad tan elocuente, que los autores de la crisis rectifiquen de una puta vez, que se reabra el crédito sobre todo a las empresas para que creen puestos de trabajo, que se estimule la inversión y que se flexibilicen las medidas, ahora inhumanas, para reducir los déficit. Pero, como optimista con experiencia que soy, no creo que eso vaya a ocurrir mientras nos gobiernen contables y políticos dóciles. El FMI ya sabemos lo que es y, aunque estos días admita errores tan siniestros, es un ente que no escarmienta.

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