Vacaciones forzosas

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Lo de las tarjetas negras de crédito, proporcionadas por Caja Madrid a sus paniaguados para que pudiesen dilapidar sin control alguno, deja sin habla. Unas vacaciones forzosas, de esas que nunca apetece “disfrutar”, me han tenido alejado tres semanas de los lectores de EL BOLETIN. Fue la primera vez que ocurrió a lo largo de veinte años de colaboración con esta iniciativa periodística de Carlos Humanes que cada día cuenta con más lectores y simpatizantes. Lo siento. Aquí estoy de nuevo y, quiero apresurarme a decirlo, cada vez más sorprendido de mi capacidad para sorprenderme.

Creía ingenuamente que la vida pública española en su degradación progresiva ya no me causaría nuevas sorpresas después de tanto visto como sospecha de lo no visto. Pero era una ilusión infantil, lo reconozco. Me reincorporación aún parcial a la actividad profesional me coloca de nuevo ante el problema catalán, que cada día nos deja más preocupados ante el choque de trenes que se viene temiendo y, sobre todo, de la incapacidad de nuestros políticos no ya sólo para entenderse, que eso ya lo veníamos observando, sino para sentarse a hablar.

Hablar y buscar soluciones a los conflictos sociales es la función que les toca, la han escogido ellos, les pagamos nosotros por hacerlo, pero no lo hacen. Rajoy y Mas pasarán a los anales de la historia como los políticos con menor voluntad de encontrar soluciones para una crisis gravísima, que amenaza nuestro futuro, el de catalanes y el de españoles en general que tenemos ocupando el poder. Mientras tanto, encuentro al país sin vivir en sí ante el penúltimo escándalo, con sede en Caja Madrid primero y en Bankia después.

Lo de las tarjetas negras de crédito, proporcionadas por una entidad a sus paniaguados para que pudiesen dilapidar sin control alguno un dinero de quienes les habían encomendado su custodia y luego respaldaban sus pérdidas deja sin habla, sin capacidad para encontrar palabras para contarlo y, desde luego, sin calificativos para describirlo. Lo sorprendente por encima de tanta sorpresa es que no pase nada, que las cárceles rebosan de rateros y drogotas y que personajes como Carlos Fabra sigan esperando cómodamente en su casa por un indulto que por mínima vergüenza ni siquiera debería haber pedido.

Me proponía hablar también del ébola y de los fallos de ciertos servicios de la sanidad víctimas de recortes e incompetencias, como la que refleja la ministra del ramo desde el día de su posesión, que la verdad es que tardaban en visualizarse. Pero eso lo dejaremos para otro día, suponiendo que entre tanto no surja algún escándalo nuevo, que me temo surgirá, que vuelva a distraer nuestra atención hacía el más difícil todavía de una corrupción que jamás habíamos imaginado.