Los tramposos de Caja Madrid

Rafael Alba, periodista
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El escándalo de las ‘tarjetas b’ no es más que una confirmación de lo que ya se sabía. «¿Quieren saber por qué nosotros haremos una verdadera reforma fiscal? Porque no estaremos en ningún consejo de administración cuando abandonemos la política». Así de contundente se expresaba Pablo Iglesias en una reciente entrevista coloquio, mantenida con dos periodistas especializados en economía que puede verse en la Red. Al final, como explicó perfectamente el líder de Podemos, en un momento como este, quizá lo único que pueda salvar la continuidad del sistema democrático es lograr que los ciudadanos vuelvan a creer en la honestidad de sus representantes. Pero no va a ser fácil.

Y no se dejen engañar. Lo que demuestran las recientes dimisiones provocadas por el escándalo de las tarjetas ‘black’ en Caja Madrid, no es que los partidos y los sindicatos implicados quieran, por fin, iniciar el doloroso camino que les llevaría a su regeneración, y salvación final, empezando a limpiar el vestuario de tramposos.

Muy al contrario. Estas dimisiones forzadas y ‘destituciones express’, sólo se producen por culpa de las encuestas. Porque con unas elecciones cerca y ante la caída en intención de voto que experimentan PP y PSOE, los dos grandes pilares del bipartidismo, en sus cúpulas tienen claro que, cuando menos, hay que dar la impresión de que se piensan tomar algunas medidas al respecto.

Pero, en realidad, cada vez que cae una capa de esta inmensa cebolla de la corrupción política que afecta a todo el territorio español, Cataluña incluida, el primer trabajo de los responsables de todas estas organizaciones e instituciones azotadas por la caries es intentar que la inundación no avance. Pretenden usar esas dimisiones para establecer cordones sanitarios que blinden a otros responsables, mucho más cercanos al poder real, que también han estado, y están, implicados en este tipo de prácticas.

¿Qué como puedo estar tan seguro? Es fácil. Ninguna de las revelaciones sobre el dinero opaco de libre disposición de qu disponían los consejeros de Caja Madrid es nueva. Y si no que se lo digan, por ejemplo, al juez Elpidio Silva. Son manejos conocidos desde hace tiempo en instancias judiciales, y en los pasillos de Genova y Ferraz, y tolerados desde siempre por las cúpulas de los partidos y las organizaciones empresariales y sindicales implicadas. Más aún, se trata de puestos que se ‘concedían’ para premiar lealtades. Y siempre se supo cuál era la dotación del regalo y quién iba a pagar la cuenta.

Pero nadie movió un dedo nunca para iniciar la operación limpieza. Ni, mucho nos tememos, va a hacerlo ahora. Se espera que estos pobres que han sido pillados con las manos en la masa se ‘coman el marrón’ y sirvan de chivos expiatorios, de tal modo que a los responsables últimos de la putrefacción que nos rodea no les pase nunca nada. Absolutamente nada.

Hay que decir que hasta ahora lo han conseguido. Que las leyes del silencio funcionan, a pesar de que es sencillamente increíble, por ejemplo, que uno de estos usuarios de las tarjetas black de Caja Madrid que militara, pongamos, en el PP, estuviera beneficiándose del chollo sin que Esperanza Aguirre, la emperatriz, estuviera al corriente del asunto. Y el símil vale para todos los demás líderes de todas las organizaciones y partidos que se han visto salpicados por el barro.

Pero tanto los nombres, como los manejos y los estilos de gestión de estas élites extractivas, como las llamó Cesar Molinas, son más que conocidos. Y en el caso concreto de Caja Madrid hay hasta documentación suficiente para acreditar unas cuántas cosas, incluso en sede judicial. Aunque ya sabemos como se las gastan algunos magistrados que también le deben el puesto a ciertos padrinos políticos. Somos conscientes de la habilidad que demuestran a la hora de que determinadas investigaciones judiciales entren en vía muerta y se queden allí para siempre.

Lo malo de todas estas ‘gracietas’ es, no lo olviden, que la cuenta que nos toca pagar no son 16 millones de euros poco más o menos. Eso serían cacahuetes. Con eso no tendríamos ni para comprarnos un defensa central para el equipo del barrio en el mercado de fichajes de invierno.

El problema es que estos simpáticos comisionistas que los partidos, los sindicatos y las organizaciones empresariales pusieron al frente de las cajas de ahorros, se han pulido cerca del 10% del PIB, que es lo que, euro arriba o euro abajo, nos va a costar tapar el agujero cuando todo esto termine. Y que esa factura, inmensa, es la que ha provocado de verdad la oleada de recortes que hemos sufrido y que pretenden que sigamos sufriendo.

Ese montón de pasta que se ha ido por el sumidero es el culpable del deterioro de la sanidad y la educación, el paro, la reforma laboral, la incertidumbre sobre el futuro de las pensiones y unas cuantas lindezas más que han empobrecido a los españoles y convertido su vida en una catástrofe permanente.

Por ese dispendio, más los créditos adquiridos para financiarlo que se pagan con su correspondiente tipo de interés añadido más comisiones, es por lo que el Estado del Bienestar ha dejado de ser sostenible. No tiene nada que ver ni con el gasto social, ni con el aumento de la esperanza de vida.