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Pandemia idiota: Cuando la ignorancia pasa de atrevida a peligrosa

Muestras de una de las vacunas contra Covid-19 que se someterán a ensayos clínicos
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Muestras de una de las vacunas contra Covid-19 que se someterán a ensayos clínicos (Foto: XINHUA / ZHANG YUWEI)

¿Alguien sabía en enero qué era eso de SARS-CoV? Efectivamente me refiero al coronavirus, pero no a este coronavirus que está azotando el mundo.

sábado 17 de octubre de 2020, 09:57h

¿A ustedes también les pasa que estos días no pueden evitar acordarse de cierta escena de una famosa película? Sí, esa en la que el joven Marty McFly le habla a su amigo científico que acaba de viajar en el tiempo desde el futuro hasta 1985 y le pregunta:

- “Un momento Doc ¿De qué estás hablando? ¿Qué nos ocurre en el futuro? ¿Nos volvemos gilipollas o algo parecido?”

Este fragmento de diálogo, que ocurre al comienzo de la segunda entrega de la saga Regreso al Futuro, bien podría haber sucedido en una línea temporal en la que un viajero retrocediera para advertir de lo que está pasando en este fatídico y extraño 2020.

En lo que va de año, la mayor parte de la sociedad ha tenido que acostumbrarse a manejar términos que hasta hace muy poco le eran completamente ajenos. ¿Alguien sabía en enero qué era eso de SARS-CoV? Efectivamente me refiero al coronavirus, pero no a este coronavirus que está azotando el mundo que conocemos, o conocíamos. Hablo del coronavirus que en 2003 causó la primera epidemia de síndrome respiratorio agudo severo (SARS, por sus siglas en inglés) que afectó principalmente al este y sudeste asiático.

De ahí que este nuevo coronavirus lleve un 2 en su nombre propio, como una secuela de película para la que se destinó más presupuesto y que pretende tener mayor impacto a nivel mundial. Para nuestra desgracia lo está consiguiendo, y de qué manera, más de un millón de personas han fallecido ya en todo el mundo a causa de la covid-19.

Aun así, cada vez son más las voces que escuchamos alzarse afirmando que no existe tal pandemia, sino que hay una “plandemia” orquestada desde poderes ocultos interesados en acabar con la economía mundial y, si nos limitamos a nuestras fronteras, destruir España. En este escenario pre futuro distópico, el pasado 5 de octubre comenzó en nuestro país la campaña de vacunación antigripal, adelantándose este año unas semanas. Al tiempo que nuestros responsables sanitarios planificaban una estrategia anticipada de vacunación con la idea de mitigar la coexistencia de contagios por gripe estacional y coronavirus, el caldo de cultivo negacionista se iba enriqueciendo con cada vez más ingredientes en forma de ideas disparatadas. Como no, los antivacunas no podían faltar a la fiesta de la desinformación.

Ya no hemos de esperar a la cena de Nochebuena para que nuestro cuñado nos cuente que ha investigado (en realidad sólo vio un vídeo en YouTube) que las vacunas causan autismo. Ahora parece que incluso existen vacunas con las que nos van a inyectar microchips de control mental activados por 5G y cada vez hay más gente que no sabe “si merece la pena jugar a la ruleta rusa de vacunarse contra la gripe para salvarse de una muerte poco segura”, como me dijeron hoy mismo. ¿Nos habremos vuelto idiotas?

En el momento que escribo estas líneas, la web maldita.es registra haber verificado ya más de 800 bulos y desinformaciones relacionadas con la covid-19. La propagación de noticias falsas (les sonará el anglicismo fake news) no es un problema surgido ahora durante la pandemia, de hecho muchas noticias falsas se reciclan adaptándose a los nuevos tiempos, pero sí que se ha magnificado. Desde Miguel Bosé a Donald Trump, pasando por Isabel Díaz Ayuso, los disparates verbales se suceden uno tras otro en nuestras pantallas. La pandemia se podrá gestionar mejor o peor, nadie esperaba este 2020, pero no es de recibo que la presidenta de una de las regiones más afectadas del mundo explique con arrogancia que tiene claro “que este virus se llama covid-19, porque es coronavirus diciembre 2019”, cuando esa D viene de disease, que en inglés significa enfermedad.

Charles Darwin ya escribió hace dos siglos que “la ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento”, y en 1995 el astrónomo y brillante divulgador Carl Sagan advertía de una futura “celebración de la ignorancia”. Curiosamente, ese mismo año un señor llamado McArthur Wheeler decidió robar un par de bancos en Pittsburgh, Pensilvania. Lo hizo a cara descubierta y a las pocas horas fue detenido. Su reacción no fue otra que la de sorpresa y exclamó: “¡Pero si usé el zumo!”. El señor Wheeler pensó que si con jugo de limón se podía hacer tinta invisible, untándolo en su cara las cámaras de seguridad no podrían grabarlo. A raíz de esta historia, en 1999 el doctor David Dunning y su pupilo Justin Kruger describieron un fenómeno que finalmente recibiría el nombre de efecto Dunning-Kruger. Éste se refiere a un sesgo cognitivo de individuos incompetentes que no son capaces de reconocer su propia incompetencia, sobreestiman sus propias habilidades y típicamente niegan la competencia de otros que realmente sí la tienen. El neurocientífico y divulgador contemporáneo Dean Burnett se refiere a ello como: “cuanto más vacía está la botella, más ruido sale de ella”.

Este fenómeno podría explicar las actitudes conspiracionistas o negacionistas. Actitudes que suponen un grave problema para el buen funcionamiento de nuestra estructura social, en la que todos los integrantes deberíamos aprender a identificar nuestros propios límites. El cómico español Ignatius Farray, en un ejercicio de filosofía, lo relaciona con ese ansia de libertad de expresión que existe hoy en día, afirmando que se confunde “libertad de expresión” con “tengo que opinar a toda costa” u “obligación de expresión” aunque lo que se vaya a decir sea una idiotez. De la misma manera que a mí no se me ocurriría discutirle a un arquitecto cómo ha de levantar un edificio, esperaría lo mismo en el sentido opuesto respecto a por ejemplo discutir la especificidad de la técnica PCR. No se trata esto de creer a pies juntillas, sino de reconocer hasta dónde llega nuestro conocimiento. Yo puedo saber que existen diferentes tipos de ladrillos y vigas, pero comprender las interacciones entre los diferentes materiales de construcción conlleva mucho tiempo de formación y experiencia que no tengo. Y es que en vez de estudiar arquitectura, gran parte de ese tiempo lo he dedicado a hacer reacciones PCR.

En la advertencia de Carl Sagan acerca de esa “celebración de la ignorancia” se nos previene de una forma de democracia bruta en la que todas las opiniones son igual de válidas. No se debe confundir esto con nuestro derecho a tener una opinión en sí, sino que se refiere a un escenario en el que se le dé el mismo valor a todas las opiniones y éstas merezcan la misma oportunidad de difundirse aunque la consecuencia sea promediar a la baja la construcción de la sociedad. ¿Nos suena de algo?

Reflexionemos sobre nuestros propios límites y trabajemos constructivamente con las herramientas de las que dispongamos. Para la covid-19 aún no tenemos vacuna, pero sí la tenemos para la gripe. No seamos idiotas.

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