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República bananera

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Venezuela fue durante muchos años la excepción en Latinoamérica de esa imagen de dictadorzuelos pringados hasta las orejas por la corrupción.

lunes 04 de febrero de 2019, 09:48h

En Venezuela se está reviviendo estos días el esperpento de la república bananera, con un Tirano Banderas al frente. Y es doblemente lamentable porque Venezuela fue durante muchos años el ejemplo contrario, la excepción en Latinoamérica de esa imagen de dictadorzuelos pringados hasta las orejas por la corrupción y sin escrúpulos para aplicar la tortura a sus enemigos con tal de perpetuarse en el poder.

El país pasó en el pasado por la dictadura de Pérez Jiménez, que no tuvo nada que enviar a otras de la zona, como la de Trujillo, Batista o Somoza. Pero cuando recuperó las libertades, la democracia funcionó durante varias décadas con absoluta normalidad. Casi podría decirse que de manera ejemplar. Las elecciones respetaban el calendario, se celebraban con bastante limpieza, y los partidos se alternaban en el poder en una alternancia de presidentes de diferentes ideologías.

En España, donde la democracia tanto se hacía esperar, el caso de Venezuela, tan cerca familiarmente, despertaba admiración. En política nunca nada es definitivo, pero la impresión era que el régimen democrático, afianzado sobre una economía próspera y con muchos recursos, se perpetuaría. Estamos viendo que no ha sido así. Bien es verdad que en los últimos años los gobiernos de Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez dieron motivos graves para la crítica, pero no insalvables siempre con el recurso y la garantía de las urnas.

Fue el chavismo, surgido al socaire del régimen cubano, el que echó mano de sus argumentos populistas, después de haberlo intentado por la vía del golpe de Estado, para capitalizar el descontento de la gente y el desprestigio en que había entrado la clase política tradicional. Aunque el nuevo régimen, cobijado bajo el paraguas cubano consiguió algunas conquistas sociales que mejoraron el nivel de vida de los desheredados, enseguida sus actuaciones empezaron a instaurar de nuevo la corrupción y a generar el caos en la economía.

Tanto Chaves como su sucesor, Nicolás Maduro, menos inteligente que su predecesor, se valieron de todas las estratagemas políticas para ir acomodando la Constitución y sus instituciones al objetivo de todos los dictadores: perpetuarse en el poder. La degradación de la actividad política y el desastre económico generaron un ambiente de tensión que ahora mismo mantiene al país en una situación entre dramática y estrambótica: con dos presidentes y el poder en el aire.

La obstinación de Maduro por seguir en el cargo repudiado por la inmensa mayor parte de sus compatriotas y por la opinión pública internacional resulta chusca si no fuese porque de ella depende en buena medida que los venezolanos recuperen la normalidad y, lo peor, que el conflicto no degenere en males mayores. La amenaza de una guerra civil está en el ambiente. Mientras tanto, el pueblo está pagando las consecuencias sometido a todo tipo de privaciones.

La oposición política, que hasta ahora había acumulado parte de la responsabilidad con su incapacidad para unirse frente al enemigo común, ha reaccionado por fin y la Asamblea, el Parlamento que Maduro venía despreciando y vejando, acabó reaccionando, destituyó formalmente – otro cantar es en la práctica – al presidente dictador y nombró presidente interino a Juan Guaidó, un político joven, sin hipotecas del pasado, valiente dadas las circunstancias y, por lo que ha venido demostrando, hábil. La dualidad creada tendrá que resolverse: las alternativas son el regreso a la normalidad o el enrocamiento de un régimen del tipo de una nueva Cuba.

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