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La guerra que cambio Europa

 La guerra que cambio Europa

La conmemoración del centenario del fin de la Primera Guerra Mundial está plenamente justificada.

lunes 12 de noviembre de 2018, 10:49h

Estos días se cumplen cien años de una de las mejores noticias que recuerda la historia contemporánea: el 11 de noviembre de 1918 se firmaba en Versalles el Tratado que podría fin a la Primera Guerra Mundial. Aquel día comenzaba el armisticio negociado a lo largo de seis interminables meses durante los cuales militares y civiles seguían muriendo a millares en los diferentes frentes abiertos por el conflicto. La paz definitiva todavía tardaría más de un año en materializarse, pero, por fortuna, ya sin víctimas: sólo con un cambio total de la geografía política del Continente, y por extensión de varias zonas del resto del Planeta y con el virus de la violencia inoculado entre las sociedades europeas.

Las celebraciones que protagonizan algunos dirigentes mundiales están plenamente justificadas. La Gran Guerra -como se denominó hasta que la Segunda Guerra Mundial, apenas veinte años más tarde, la eclipsó en cifras y bestialidad y relegó al rango de Primero con el que hoy se la recuerda- ha dejado un recuerdo terrible. Ya no es la más deplorable de las contiendas mundiales por el número de víctimas – nueve millones de militares y siete de civiles frente a los más de cincuenta de su sucesora – la importancia que ha tenido en todos los órdenes de la vida de los sobrevivientes ha sido, y sigue siendo, excepcional.

Visto desde la perspectiva histórica de un siglo, resulta inconcebible que el conflicto haya estallado y durante cuatro años no dejase de complicase con la incorporación de nuevos combatientes y la virulencia de los combates. La cerrazón de la guerra adquirió durante aquellos años magnitudes inconmensurables. Aunque ya Europa era un hervidero de tensiones, odios y ambiciones, el detonante fue el asesinato en Sarajevo del heredero del Imperio Austro Húngaro. La división entonces en dos grandes bloques, la Triple Alianza – imperios Alemán, Austro Húngaro y Otomano – y la Entente – Francia, Reino Unidos, Imperio Ruso y luego Japón y Estados Unidos – amplio el ámbito del conflicto tanto en el territorio europeo como al de sus colonias y áreas de influencia.

Para hacerse una idea de la dimensión que cobró, basta con echar una vista al mapa de la época y el actual. Tres imperios, el Austro Húngaro, el Alemán y el Otomano, pagaron con su desaparición, y un cuarto, el Ruso, fue transformado – y en buena medida como consecuencia del error de haberse empeñado en la guerra – en la Unión Soviética bajo un régimen comunista. La gran víctima con todo fue Alemania, que además de salir humillada heredó del odio y la frustración que propiciarían el crecimiento del nazismo de tan trágicas consecuencias para los años siguientes. Pero también surgieron grandes cambios en las fronteras, la creación de nuevos países y el germen para nuevos conflictos.

Por supuesto que ninguno tan importante como la Segunda Guerra, con el Holocausto en la cima del odio humano, pero alguno actual, como el que desde hace décadas existe en el Próximo Oriente, también tendría en aquel reparto entre los vencedores sus orígenes. Las dos potencias vencedoras, Francia y el Reino Unido asumieron el control de los territorios en la zona, hoy países como Siria, Jordania, Israel, etcétera, y el Imperio Otomano se quedaría reducido a Turquía cuya sociedad sería sometida a una catarsis que aún no ha superado. Para EE UU sería el comienzo de su escalada como primera potencia mundial mientras el régimen soviético se convertiría en el contrapunto ideológico y estratégico a una situación que propiciaba una inestabilidad galopante. Quizás lo más positivo de aquella dramática experiencia fue la creación de la Sociedad de Naciones, precursora de las actuales Naciones Unidas.

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