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Portugal sale del ostracismo

Antonio Costa, presidente de Portugal
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Antonio Costa, presidente de Portugal

Mientras en Europa cunde la preocupación por el crecimiento de los partidos y movimientos de extrema derecha, los portugueses han encontrado en la izquierda una salida de la crisis.

viernes 27 de julio de 2018, 15:37h

Portugal, nuestro vecino más íntimo, hace algún tiempo que ha salido de su ostracismo y no para de darnos sorpresas reconfortantes. Mientras en Europa cunde la preocupación por el crecimiento de los partidos y movimientos de extrema derecha, los portugueses han encontrado en la izquierda, incluida la más radical, una salida espectacular de la crisis y una fórmula para encarrilar un futuro estable para la convivencia y el desarrollo.

Cuando hace casi dos años se formó la coalición entre socialistas y comunistas -adversarios de apariencia irreconciliable-, a la que se sumó el populismo de la extrema izquierda, todo el mundo se echaba las manos a la cabeza. Parecía imposible que aquel conglomerado pudiese funcionar y más teniendo enfrente al PSD -socialdemócrata de nombre y liberal en la práctica- que venía gobernando, había ganado las elecciones y se consideraba con derecho a continuar.

Nadie parecía feliz con un Gobierno hipotecado por el rescate, con unos respaldos empeñados en aplicar decisiones poco menos que revolucionarias, y todo el sector económico debilitado por la crisis, pero asustado ante lo que podía venirle encima con el retorno de los comunistas a los ámbitos del poder. Incluso en Bruselas la solución fue acogida con inquietud y actitudes de resistencia y desconfianza.

Todavía estaba muy reciente y seguía contando con tentáculos el recuerdo dejado por Durâo Barroso, quien había presidido con más sombras que luces durante dos legislaturas la Comisión desde planteamientos conservadores y frecuentemente polémicos. El éxito del cambio tiene dos protagonistas, el primer ministro socialista Antonio Costa y el presidente conservador Marcelo Rebelo de Sousa. Aunque de ideologías y militancias enfrentadas, ambos dialogantes y pragmáticos se entienden y complementan.

Las medidas adoptadas por el Gobierno para mejorar salarios y pensiones reactivaron la economía; el turismo descubrió los atractivos que ofrece el país y lo puso de moda -muchos personajes populares lo están demostrando-, y la presencia internacional de los políticos ha sido espectacular. Mientras un ex primer ministro dejaba de presidir la Comisión, otro, Antonio Guterres, era nombrado secretario general de la ONU. Portugal pasó a contar en la política internacional. (Hasta la selección nacional de Fútbol elevó el ánimo social como campeona de Europa).

Estos días ha sorprendido la noticia de que la capacidad y predisposición para dialogar de los portugueses, y su conciencia patriótica -afianzada tras el olvido de los antiguos conflictos coloniales-, con un acuerdo entre el Gobierno y sus aliados de izquierdas y la oposición conservadora, para sacar adelante una reforma laboral consensuada. Quienes conocen las diferencias ideológicas y programáticas de los cuatro partidos afectados no se lo pueden creer.

Indudablemente el mérito principal es de la actual generación de políticos cuya visión va más allá de los propios intereses partidarios. Pero también lo es, y no en pequeña parte, de la sociedad, una sociedad sacrificada y durante mucho tiempo resignada que ha visto llegada su oportunidad de colocarse entre las más dinámicas y modernas de Europa. Portugal está perdiendo el complejo tradicional de ser un país pequeño.

Lo es en superficie y en habitantes -aunque en el ranking mundial son mayoría los Estados que en ambas cosas son menores-, pero en absoluto en otros muchos valores que en nuestro tiempo son más importantes. La sociedad portuguesa está demostrando que está formada y concienciada de lo que es mejor para progresar y sortear los problemas: dejar a un lado las actitudes pueblerinas, las pequeñas diferencias, y sobre todo, los complejos. Ya no los puede justificar.

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