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La difícil tarea de eliminar de las carteras el riesgo ambiental

Cambio climático
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Las gestoras de fondos se vuelcan con la lucha contra el cambio climático y plantean estrategias para descarbonizar las carteras. Pero el asunto es más complicado de lo que parece

martes 05 de junio de 2018, 20:33h

Contaminar no está de moda, no es tendencia, y no está bien visto, muy a pesar del presidente de EEUU, Donald Trump. Sí que es una corriente generalizada luchar en pro del desarrollo sostenible; y un campo de batalla clave en esta guerra se encuentra en el ámbito medioambiental, y más concretamente en la lucha contra el cambio climático.

El Acuerdo de París adoptado en 2015 marcó un punto de inflexión. Fue el primer acuerdo universal sobre el clima, la primera vez que tantos países, casi 200, acuerdan objetivos cuantificados de reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Las naciones comprometidas con esta lucha tienen la obligación de establecer políticas públicas apropiadas que den lugar a nuevas reglamentaciones; y todo ello se traduce en “limitaciones a los actores y, en particular, al mundo de las finanzas. Esta toma de conciencia de los inversores, las nuevas exigencias y la evolución de las normativas están creando una tendencia”, explica Laurent Jacquier-Laforge, CIO de Renta Variable de La Francaise.

No es para menos. En este contexto, los gobiernos, por ejemplo, podrían (y deberían) imponer medidas para reducir las emisiones, con lo que las empresas emisoras de GEI o compañías con grandes reservas de combustibles fósiles correrían el riesgo de adaptarse a una economía baja en carbono, mientras que los inversores tendrían que asumir el riesgo financiero. Desde DWS explican que algunas empresas afectadas ya han comenzado de forma proactiva a aumentar sus inversiones en energías renovables y tecnologías de baja emisión de carbono. Sin embargo, comentan que “sigue existiendo el riesgo de que sus modelos de negocio se adapten con demasiada lentitud, lo que haría que los inversores tuvieran que enfrentarse a un riesgo significativo para los precios de las acciones y los dividendos”.

La toma de conciencia de los inversores, las nuevas exigencias y la evolución de las normativas están dando lugar a una tendencia a descarbonizar las carteras

Así las cosas, se entiende el creciente interés por reducir la exposición de las carteras al riesgo climático, lo que pasa por descarbonizarlas. Estas iniciativas las están liderando en una primera fase los inversores institucionales. El grueso del dinero que entra en estas estrategias proviene de los países nórdicos y, sobre todo, de los fondos de pensiones canadienses. Pero el interés es creciente en otros muchos sectores y en otros muchos países. Por ejemplo, en el sector asegurador español. En una reciente jornada organizada por Investigación Cooperativa entre Entidades Aseguradoras y Fondos de Pensiones (ICEA) y Amundi sobre bajos tipos de interés y la nueva gestión de las inversiones se habló mucho de este tema.

Riesgos no remunerados

Precisamente una de las estrategias alternativas a las tradicionales propuesta fue la de eliminar riesgos no remunerados, como el riesgo ambiental. Jean Sorasio, director de Negocio Asegurador de Amundi, explica que la cartera carbonizada y la descarbonizada se van a mover juntas si no pasa nada, pero si pasa la descarbonizada se va a comportar mucho mejor. Este experto asegura que el momento de descarbonizar la cartera es ahora: “Se puede reducir la exposición al riesgo climático, al riesgo económico y se puede ahorrar bastante en términos de carga de Solvencia II”.

Las estadísticas muestran que la correlación es positiva: cuanto mejor es la huella de carbono mejor es el rendimiento y viceversa

Laurent Jacquier-Laforge (La Francaise) explica respecto a las diferencias entre ambas carteras que La Francaise ha desarrollado una base de datos y se han realizado pruebas durante tres años, “y lo que estamos viendo supera nuestras expectativas”. Asegura que estadísticamente, e incluso si se trata de una tendencia reciente (desde finales de 2014), la correlación es claramente positiva: “Cuanto mejor es la huella de carbono (cuantifica las emisiones de GEI que se liberan a la atmósfera como consecuencia de una actividad), mejor es el rendimiento y viceversa”. Según este experto, otros estudios académicos confirman este análisis.

Pero descarbonizar una cartera de inversión no es tarea fácil. Masja Zandbergen, directora de integración de criterios ASG de Robeco, explica que descarbonizar supone medir la huella de carbono del fondo, y reducirla sacando de la cartera a los principales contaminadores. Pero esto es solo un punto de partida. Hay muchas cosas que tener en cuenta.

Por ejemplo, según afirma, “los principales contribuidores a la huella de carbono se encuentran a menudo concentrados en unos pocos sectores intensivos en CO2, lo que significa que habría que desinvertir en estos sectores completamente, y por tanto no se produce impacto en la tan necesaria transición energética”. En el mismo sentido, desde DWS advierten de que la exclusión universal de estas compañías “priva a los inversores de la posibilidad de influir en la política empresarial de las mismas, en las reuniones de inversores y a través del voto en las juntas generales anuales”.

El dilema de la exclusión total

Además, comenta que excluir a las empresas con altas emisiones de CO2 o con reservas de combustibles fósiles “de ninguna manera protege al inversor de los riesgos climáticos, ya que hay una amplia variedad de empresas fuera del sector del petróleo, el gas y la energía potencialmente afectadas. Por otro lado, la exclusión de determinados valores puede dar lugar a una menor rentabilidad ajustada al riesgo y a una diversificación menos eficiente de la cartera”.

La exclusión de empresas con altas emisiones de CO2 no protege al inversor de los riesgos climáticos, ya que hay una amplia variedad de empresas fuera de estos sectores potencialmente afectadas

Laurent Jacquier-Laforge (La Francaise) explica que en una estrategia de descarbonización consideran todos los sectores de actividad y todos están representados en la gestión de la gestora: “No dejamos de lado a los más contaminantes ya que su evolución, es decir, su transición energética, tendrá un gran impacto en las emisiones totales de dióxido de carbono”. Los únicos sectores que la estrategia infrapondera sistemáticamente son los combustibles fósiles, ya sea petróleo o carbón.

“Sabiendo que las compañías con baja intensidad de carbono representan alrededor del 85% de la capitalización bursátil, estamos interesados en compañías que favorecen la transición energética y principalmente en torno a los temas de automatización, electrificación y optimización energética; todos ellos con un fuerte componente tecnológico”. También comenta que aunque la estrategia no está claramente orientada hacia la tecnología limpia, están analizando este sector como proveedor de soluciones: “Estas empresas son la base de nuestro concepto de emisiones evitadas, es decir, en comparación con una media de emisiones relacionadas con la generación de energía, estamos buscando empresas capaces de producir energía sin emitir dióxido de carbono”.

Masja Zandbergen (Robeco), además, apunta que solo medir la huella de carbono de las operaciones de una empresa y la energía usada en esas operaciones supone minusvalorar parte del riesgo: “¿Qué pasa con el uso de los productos de la compañía? Un fabricante de coches puede ser menos intensivo en carbón que otros fabricantes, pero sus productos tienen una elevada huella de carbón a través de sus emisiones”. Añade que los riesgos radican también en el cambio en el comportamiento del mercado y en las preferencias, y cita, como ejemplo, el giro hacia el coche eléctrico.

Un marco normativo para impulsar las inversiones sostenibles

La inversión sostenible requiere datos: “El mundo ha tenido que reunir datos sobre el consumo de carbón desde el siglo XIX, pero ha dispuesto de mucho menos tiempo para estudiar la energía solar o los vehículos eléctricos. Por ello, es natural que algunos inversores se muestren escépticos en cuanto a la disponibilidad de información suficiente para justificar la realización de inversiones sustanciales en este campo”, explica Masja Zandbergen (Robeco).

No obstante, los datos están creciendo a una velocidad de vértigo, tanto que actualmente es complicado gestionarlos no solo por ese rápido incremento sino también por la diversidad de las fuentes. Por ese motivo, la Unión Europea (UE) se ha puesto a trabajar en el tema. La Comisión (CE) acaba de publicar las primeras propuestas legislativas sobre el establecimiento de un marco normativo para facilitar las inversiones sostenibles.

Este paquete legislativo incluye un sistema unificado de clasificación (taxonomía), es decir, criterios armonizados para determinar si una actividad es económicamente sostenible, unas pautas que servirán de base para el futuro establecimiento de normas y etiquetas para productos financieros sostenibles. Además, se va a referenciar la baja emisión de carbono. Se creará una nueva categoría de puntos de referencia (benchmarks) que considere índices de baja emisión de carbono o descarbonizado.
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