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Dios, ¡qué mal!

Dios, ¡qué mal!
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Actuaciones tan majaderas como la retirada de ARCO de un cuadro insustancial y artísticamente nulo pero políticamente injusto es el mejor y más reciente ejemplo.

viernes 23 de febrero de 2018, 09:10h

Soy de los que opinan que en España hay libertad de expresión. Podrá mejorarse, sin duda, pero lo más importante ahora es que no empeore. En nuestro país llevamos más de cuarenta año sin que un periodista haya sido encarcelado por sus ideas o expresiones. Y si esta libertad no está empeorando, la realidad es que la imagen de que es así, que empeora, empieza a trascender sobre todo fuera de nuestras fronteras. Hay organizaciones y personas que lo propagan y lo grave es que lo hacen con eficacia y lo consiguen.

Algunas veces esas personas u organizaciones se ponen fuera de las leyes que sostienen y mantienen la libertad y la convivencia. Quizás haya actuaciones que pisen la raya continua. Pero para decidir sobre eso están los jueces y no los gobernantes. Los gobernantes son los culpables de que esta idea se ha desbordado. Actuaciones tan majaderas como la retirada de ARCO de un cuadro insustancial y artísticamente nulo pero políticamente injusto es el mejor y más reciente ejemplo.

El arte hay que dejarle margen para expresarse. Ya sé, ya sé que hay personas de diferente forma de pensar, mentes de ideas extremas, ideas radicales e incluso instintos destructivos que pueden desbordarse y causar algún daño social. Es inevitable, pero la experiencia demuestra que, salvo en casos muy extremos y peligrosos, intentar silenciarlas no sólo fracasa en el intento sino que lo que consigue es darles a sus obras y nombres una importancia que no tienen.

Hace un tiempo fueron detenidos unos titiriteros en Madrid acusados de enaltecer el terrorismo. Mal el hecho, el terrorismo siempre es un enemigo que hay que rechazar y frenar, pero muchos recordamos que aquella detención -justificada por una causa que había sido presenciada por una decenas de personas -catapultó a aquella modesta compañía de guiñoles, hasta ese momento desconocida, a una popularidad que nunca habían soñado. Desde entonces sus actuaciones suelen multiplicar el número de espectadores con que contaban.

Con el cuadro prohibido por Ifema en ARCO está ocurriendo lo mismo. Una obra sin más mérito que el que se le pueda atribuir a la provocación que encierra, pasó de repente a multiplicar por diez su valor mientras que su autor, un pintor desconocido para la gran mayoría, adquiría un renombre que le catapultó a la fama y popularidad de la que la mayor parte de los grandes pintores españoles contemporáneos carecen. Pero esto son pequeños ejemplos. La realidad es otra.

El Gobierno del Partido Popular no solamente comete errores sin cuento de esta naturaleza -como ha sido en otro ámbito, la actuación policial en Cataluña el 1-O-, sino que tampoco sabe cómo ofrecer a propios y extraños otra imagen de una España moderna, tolerante, comprensiva y abierta a la libertad. Nunca desde que existe la democracia los gobiernos que se sucedieron llevaron a cabo una buena política de comunicación ni de información. Pero el actual bate récords de ineficacia e incompetencia.

Durante estas décadas pasadas la imagen de España experimentó una importante transformación pero no fue nunca por la buena gestión de la proyección exterior: fue sobre todo gracias a actuaciones personales, particularmente de los Reyes o de políticos relevantes situados en cargos internacionales del mayor relieve, y a éxitos tan variados como el de la Transición y el desarrollo económico sin olvidar a muchos deportivos y culturales. Todo aquello parece haber terminado.

Hace unos días The New York Times cuestionaba la libertad de expresión. ¡Dios, qué mal se está haciendo!

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