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El superviviente

Mariano Rajoy y Francisco Camps
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Mariano Rajoy y Francisco Camps (Foto: PP de la Comunidad Valenciana)

Mariano Rajoy está consiguiendo el milagro democrático de salir indemne cada mañana de la apabullante corrupción que desde que él ocupa puestos de alta responsabilidad acumulan el Partido Popular, algunos gobiernos autonómicos que encabeza y la propia organización nacional.

viernes 26 de enero de 2018, 10:05h

La Historia se vuelve muy puñetera y no sabemos qué valoración acabará haciendo de Mariano Rajoy cuando recuerde su paso por el poder en España. Ahora mismo parece difícil que ofrezca un balance que vaya más allá de su condición excepcional de superviviente de la política. Y es que en el presente los hechos se suceden tan deprisa que eclipsan la realidad y no dejan espacio suficiente en la mente colectiva para repasar su obra y analizar la realidad sorprendentemente estable en que se mantiene en su despacho del palacio de La Moncloa.

Para empezar ni siquiera sus seguidores más acérrimos le reconocen algún éxito relevante de su gestión más allá de la verdad muy comedida que encierra la tibia recuperación económica que al socaire y la cola de Europa se va logrando. Su influencia internacional más que nula es negativa y la reacción ante los problemas, empezando por el conflicto catalán y acabando por la multiplicación de desigualdades lacerantes, indiferente. Su proverbial pasividad y su convicción de que el tiempo es quien mejor arregla las cosas es, eso sí, argumento permanente para las viñetas de prensa.

Pero en medio de la indiferencia que su actuación ha generado en la sociedad, Mariano Rajoy está consiguiendo el milagro democrático de salir indemne cada mañana de la apabullante corrupción que desde que él ocupa puestos de alta responsabilidad acumulan el Partido Popular, algunos gobiernos autonómicos que encabeza y la propia organización nacional, implicada en la mayor cantidad y variedad de chanchullos de financiación ilegal, de burlas a la legalidad electoral y, de paso, al enriquecimiento de muchos de sus dirigentes y concomitantes.

En cualquier democracia consolidada de Europa un jefe de Gobierno en estas circunstancias ya habría dimitido por pura vergüenza u obligado a dimitir por la presión de la gente si es que no lo ha conseguido la tampoco muy edificante oposición parlamentaria. Pero Mariano Rajoy lo está consiguiendo, elogiando a los corruptos como Bárcenas o Camps, amenazando con repetir como cabeza de cartel, inmune a fracasos tan ostensibles como el de las recientes elecciones catalanas o el bochornoso desfile por los juzgados de decenas y decenas de correligionarios acosados por la Justicia en ese sálvese quien pueda que emponzoña la vida pública.

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