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El oscuro negocio de las semillas: nuestra alimentación en manos de una decena de multinacionales

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Las leyes protegen un negocio que cuestiona la soberanía alimentaria de los países.

domingo 14 de enero de 2018, 08:00h

Si una empresa multinacional de semillas tuviera que hacer una ley a su favor se parecería mucho a las que regulan el mercado en la actualidad. El comercio de las semillas es uno de los sectores más regulados y concentrados que hay en el planeta. Se calcula que 12 compañías controlan el 80% del mercado de semillas del mundo. Una realidad opaca que explica la pérdida de soberanía alimentaria de los Estados y el probable deterioro de la calidad de la alimentación.

Así lo consideran al menos la mayoría de productores que trabajan en la agricultura ecológica. Un ejemplo de ello es Javier, agricultor de la cooperativa Ecosecha y que cada mes pone en funcionamiento el Banco de Intercambio de Semillas (gratuito) en el Centro Cultural Matadero de Madrid.

Planteamos algo que hacían nuestros abuelos como algo revolucionario, que es plantar unas semillas sin propietarios. Entendemos que la semilla es de todos. No debe ser de nadie en concreto”, afirma Javier.

Para entender la afirmación del agricultor de Ecosecha conviene comprender la oscura realidad que envuelve al mercado de las semillas. Un comercio acotado prácticamente a unas pocas empresas multinacionales (Monsanto - Bayer, ChemChina - Syngenta, Dow DuPon…) que son las únicas que pueden mercadear con este producto.

Desde que se inició la denominada Revolución Verde en 1940, la legislación mundial – los Estados no tienen competencia – que regula el mercado de las semillas se ha ido modulando de tal manera que en estos momentos apenas una docena de compañías pueden vender, prácticamente, las semillas.

“¿Por qué? Porque la regulación dice que las semillas tienen que cumplir una serie de requisitos que solo cumplen curiosamente las semillas que comercializan estas empresas”.

El resto de la población, los agricultores particulares, apenas pueden utilizar semillas para comercializar. Solamente si éstas son de variedades antiguas o tradicionales, que en casi su totalidad no se pueden vender al no cumplir los requisitos que exige la normativa para estar certificadas.

Para más inri, esa regulación señala que uno puede comprar las semillas que quiera pero sin poder reutilizarlas. Las semillas están protegidas por patente y, por tanto, el agricultor no puede volver a plantarla. Esto provoca que el productor agrícola se vea obligado a comprar las semillas una y otra vez porque hay una patente que protege esa variedad.

En un inicio tiene cierta lógica que alguien que ha realizado mejoras genéticas a las semillas quiera proteger y recuperar su inversión. “El problema es que al final se impide que todo lo demás se reproduzca”. Además, la mayoría de esas mejoras vienen precedidas del uso de variedades locales, lo que inutiliza la comercialización de estas últimas.

El hecho de que las semillas estén ‘protegidas’ durante décadas y sean monopolio de determinadas empresas facilita los “chantajes” que después realizan a los Estados, según afirman desde Ecosecha. Las compañías presionan a los países forzando producciones bajas – vendiendo pocas semillas – y provocando el aumento del precio de los alimentos.

En ese sentido hay que diferenciar las empresas productoras de semillas con las empresas que compran esas semillas, que son a su vez un grupo reducido de compañías multinacionales.

Los agricultores están controlados, de alguna manera, por las empresas de semillas que les vigilan qué es lo que pueden plantar, pero además, están controlados por las empresas de distribución de alimentos que son las que les dicen qué es lo que les van a comprar. El agricultor no tiene gran capacidad de decisión”, lamenta Javier.

¿Quién vigila al agricultor?

Suelen ser las propias empresas las que vigilan que se cumpla la ley. Quienes controlan a los agricultores. “Van a los tribunales a por las personas que infligen la normativa. Muchos agricultores tienen denuncias y sentencias firmes por reutilizar semillas (dependiendo la variedad)”, afirma este agricultor ecológico.

¿Somos muchos?

Javier se niega a dejar pasar la máxima de quienes defienden que las mutaciones genéticas (transgénicos) son necesarias para poder dar satisfacción alimentaria a una cada vez más cuantiosa población. “El 40% del tomate que se produce en España se tira porque no reúne los estándares estéticos”, resume.

Esta estadística, extrapolable a otros muchos alimentos, revela que la proliferación de mutaciones genéticas a las semillas no tiene nada que ver con la alimentación, tiene que ver con los procesos de control de la comercialización.

“Hablan de control de calidad. El control de calidad es que tenga buena apariencia o que sepa bien, que tenga unas composiciones nutricionales correctas…”.

¿Por qué los tomates ya no saben como antes?

Principalmente porque antes se utilizaban variedades mucho más “sabrosas y jugosas” que han desaparecido de la comercialización. Las variedades tradicionales son especies que no son homogéneas. Cada tomate es diferente. “Los tomates modernos son más especie pelota de pin-pon. Iguales, duras, con poco jugo, con mucha resistencia al transporte”, lamenta Javier al tiempo que informa: “Casi todos los tomates que has comido en las últimas décadas han sido híbridos”.

El híbrido es una semilla cruzada con otras, generalmente de manera artificial, que impide su reproducción posterior. Se realiza buscando cualidades más adecuadas para la industrialización, como la uniformidad, resistencia a largos transportes o la adaptación a la cosecha mecanizada, como señala la web especializada ‘La Huertina’.

La vida de un transgénico

Muchas variedades, sobre todo los transgénicos (semillas manipuladas genéticamente de manera artificial), se han desarrollado pensando en unos pesticidas concretos. Tienen un gen que, generalmente, no es que mejoren la variedad, sino que le hacen resistente a un pesticida: “Cuando te venden esa semilla te venden a su vez ese pesticida”.

La cooperativa Ecosecha se muestra tajantemente en contra de este modelo de semillas por dos razones. Por salud y por negocio.

Estamos modificando semillas sin ningún tipo de control o con un control escasísimo. Estas modificaciones se mueven, son organismos vivos que afectan a nuestra salud”, afirma al tiempo que critica que el principal motor de las compañías que realizan estas semillas es el “máximo beneficio económico”.

Los principales organismos que se dedican a ello están asociados de alguna manera a la producción de alguna sustancia química asociada a esa semilla modificada (abono, pesticida…).

Ander Cortázar

Periodista

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