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Los amos del cotarro

Carteles de la CUP
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Carteles de la CUP

Resulta extraño que Esquerra y Convergencia hayan caído con tanta ingenuidad en las diletantes trampas revolucionarias de la CUP

martes 15 de agosto de 2017, 14:08h

Resulta extraño que un partido con la solera y experiencia de Esquerra Republicana y los últimos burgueses que quedan de la diáspora de Convergencia Democrática de Cataluña hayan caído con tanta ingenuidad en las diletantes trampas revolucionarias de la CUP. En pocos meses los “cuperos” se han hecho con el cotarro de la política catalana que ha pasado de la hégira del tres por ciento pujolista a la confusión caótica de Puigdemont previa defenestración sin contemplaciones de Artur Mas, un político que parecía inteligente y fue el primero en caer en las redes como un pardillo.

La CUP, a pesar de su escasa implantación, su limitada representación y su numerosa animadversión se ha adueñado de las riendas del caos y, desde su posición antisistema sin distinciones geográficas, del mando del proceso independentista en cuyas filas imponen su Ley sin que nadie ose levantarles la voz. Tienen bula para mandar, juzgar y sentenciar. Todavía no han ganado y ya han empezado a aplicar castigos y purgas políticas contra quienes no les hacen la ola, e incluso a intentar poner en desbandada a los turistas que paradójicamente son el mayor símbolo del internacionalismo solidario que aseguran implantar.

La pregunta siempre es la misma: ¿Qué estarán pensando los catalanes normales, de izquierdas y de derechas, españolistas o soberanistas, viendo lo que se les viene encima si sus vidas e intereses cayeran, la Moreneta no lo quiera, bajo la férula de estos aspirantes a acabar con todo lo que se mantiene en pie. Será imposible que algunos más o menos leídos no recuerden lo que ya ocurrió en Rusia con Stalin, en China con la Revolución Cultural o, sin ir más lejos, con lo que está ocurriendo en Venezuela con ese energúmeno al frente llamado Nicolás Maduro, el último visionario fascista-leninista ejerciente.

Imaginarse a los exaltados que salen a las calles de la Barceloneta a pintarrajear fachadas de hoteles o a saltar autobuses de visitantes lleguen a tener el poder, la posibilidad – como de hecho ya ejercen – de redactar leyes, de ordenar a policías con armas, y a enfilar con su odio a las familias o personas que caigan bajo sus miradas de rencor, estremece. Ver a Cataluña copiando el modelo de la Albania del pasado o la Corea del Norte del presente, sería para salir corriendo. Mejor no pensarlo y confiar que los resquicios de sensatez que queden se agranden con el frescor del otoño.

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