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Populismos unidos

Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional
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Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional

Estos días les toca en Francia a los populismos desenmascararse por unos días y enseñar las orejas en defensa de los intereses que desde ambos extremos políticos comparten y persiguen.

martes 02 de mayo de 2017, 21:09h
La Historia nos recuerda que los populismos siempre acaban igual. Lo hemos visto hace cien años en Rusia donde las promesas de quintas maravillas para el proletariado enseguida acabaron en represión, gulags, purgas y todo lo imprescindible para que la gente viviese peor, con mayor desigualdad, menor posibilidad de progresar – al menos fuera del partido – y mayor pobreza generalizada, a menudo compartida. El comunismo acabó concomitando con el nazismo y el fascismo: Hitler y Stalin, unidos por el recurso a la violencia, la represión de las libertades, la ambición de territorios ajenos y el racismo hicieron buenas migas hasta que al alemán se le ocurrió aprovechar para invadir a la joven Unión Soviética que cruces gamadas, hoces y martillos consideraba incompatibles.

El nazismo de Hiter y en Fascismo de Mussolini también fueron populismos, como de hecho lo intentaron ser en España Falange y las JONS aunque luego se quedaron unidas y a mitad de camino cuando apareció Franco escoltado por la brigada Condor y les comió la merienda. Todos los populismos acaban concomitando, da igual que sean de extrema izquierda que de extrema derecha: les une algo muy sólido que es la fobia a la convivencia que ellos rechazan.

Aquí a la vuelta de la esquina, en Portugal, se vivieron meses dramáticos de populismo militar y revolucionario hasta que la situación se volvió tan caótica e insostenible que los propios militares que la habían creado le pusieron coto y restablecieron la normalidad democrática que los ciudadanos de a pie recobraron respirando profundamente. Ahora estamos viviendo un resurgir de los populismos, de derechas y de izquierdas, donde igual confluyen, es curioso, Trump, Le Pen y Pablo Iglesias, es decir, podemos y sus confluencias.

El modelo que tienen es Venezuela donde primero Chávez y ahora Maduro intentaron acabar con las desigualdades sociales, que falta sí que hacía, pero lo único que han conseguido es dejar a toda la población volcada en las calles intentado matar el tiempo y sobrevivir vociferando contra la socialización de la escasez y el encumbramiento de las brutalidades de un régimen cuyo objetivo no es otro que permanecer un día tras otro más degustando los placeres del poder sobre las privaciones y el malhumor ajenos.

Estos días les toca en Francia a los populismos desenmascararse por unos días y enseñar las orejas en defensa de los intereses que desde ambos extremos políticos comparten y persiguen: acabar con el sistema que mal que bien mantiene la convivencia en Europa, garantiza las libertades y facilita las oportunidades. La experiencia no es nueva, ya se ensayó muchas veces antes y, salvo en la Revolución Francesa, siempre acabó fracasando.

El ser humano quiere evolucionar, exige mejoras en sus condiciones de vida, aspira a compartir libertades y a perfeccionar sus instituciones públicas que las rigen, pero también pretende continuar ejerciendo su condición bípeda y poder seguir moviéndose por la vida de pie, sin que nadie le imponga cambiar el paso.

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