Memorias de una guerra olvidada: Atraque en Las Palmas de Gran Canaria

Las islas Canarias

Las islas Canarias

Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on reddit
Share on telegram
Share on email

El Almirante Najímov, un crucero con la hoz y el martillo rojos en su chimenea, y casi mil soldados cubanos provenientes de la finalizada guerra cubano-somalí-etíope, arribó a Las Palmas el jueves 10 de mayo de 1978. A las 15:50 horas el buque soltó anclas. Todos encerrados en los camarotes y sólo el personal de guardia sobre cubierta.

Después de tanto tiempo observando, muerte, destrucción, pobreza extrema, chozas de barro, desierto y montañas inundadas de eucaliptos, el paisaje del moderno puerto y la ciudad resultó asombroso.

Nuevamente, todos ocultos excepto los que debíamos vigilar y proteger al galápago Najímov, que así le llamábamos porque no lograba alcanzar mas allá de los 10 nudos de velocidad.

Mi compañero Francisco “Pancho” Fernández de nuevo en escena, esta vez como estudiantes que regresábamos de la Unión Soviética.

Por motivos de puro protocolo portuario, un español debió subir a bordo por un tema de la carga que estaba recibiendo el buque y que no era otra que agua, petróleo y comida que el propio capitán soviético optó comprar para mejorar la alimentación que recibíamos.

Salta el “gallego” con una pícara sonrisa y nos dice: “Así que son estudiantes… ¿y por qué veo tantos viejos aquí?”

Le respondimos, también en coña, que eran nuestros profesores. Es entonces cuando se enfrenta al inquieto Pancho y le interroga si él era profesor o estudiante. El moreno, tomado por sorpresa, atinó a responderle en ruso un “nie panimayu” o lo que es igual a un “no comprendo,”

El hombre estalló en una risotada de popa a proa. “Ustedes los cubanos sois la hostia… ¿Este moreno, con la pinta que tiene, es ruso?

Quince días después estábamos frente a las costas del puerto de desembarque en El Mariel. Llegamos rayando el mediodía y hubo que esperar, mar afuera, la llegada de la noche para tocar tierra sin ser vistos, en el más absoluto silencio, sin un saludo de bienvenida a los guerreros recién llegados.

Francisco “Pancho” Fernández falso pescador, simulador de estudiante, y soldado de pies a cabeza, no tuvo mejor ocurrencia que abrasarse con extremo ardor a un pilote del puerto y besarlo con desmedida pasión.