Francia empieza a desmarcarse de Alemania en la crisis del euro

El poderoso eje franco-alemán conformado en los últimos tiempos por la canciller teutona Angela Merkel y el presidente galo Nicolas Sarkozy para imponer en la UE los recortes y la disciplina presupuestaria, puede pasar pronto a la historia. Al menos, sí se mantienen las actuales caídas de popularidad del político francés en las encuestas para las próximas presidenciales.

De momento, este clima envenenado, que puede complicarse aún más al final de esta semana tras la reunión de banqueros centrales y ministros de Finanzas que mantendrán los países del G7 en Marsella, ha repercutido en un leve amago de disidencia.

Hoy mismo, la ministra de Presupuestos francesa, Valerie Pecresse, ha declarado que los gobiernos europeos deben ajustar muy fino para que sus planes de consolidación fiscal no ahoguen el crecimiento. Pecresse opina, además, que si los recortes previstos son demasiado brutales los mercados castigarán a quienes los anuncien.

La ministra ha pronunciado estas palabras sólo unas horas antes de comparecer en el Parlamento para defender un ajuste de 12.000 millones de euros, cuya retórica está muy lejos de las exigencias de sufrimiento para los próximos siete años que el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, se permitió realizar hace quince días a la vez que profetizaba que, durante ese periodo, el crecimiento económico no despegaría y el pleno empleo no podría llegar.

¿Entonces? ¿Cuál es el plan B? Parece preguntarse la base conservadora de los votantes francés, que tampoco se olvida de los históricos diferendos entre París y Berlín que provocaron dos guerras en el pasado siglo.

Por eso, nadie acaba de entender en Francia las razones que puede tener Sarkozy para apoyar las políticas que propone Merkel completamente centrada en el salvamento de sus malas perspectivas electorales y condicionada por la mala salud del sector bancario teutón. Como reconoció ayer mismo Josef Ackerman, presidente del Deustche Bank, una reestructuración profunda de la deuda soberana europea en poder del sector bancario puede acarrear varias quiebras. Pero esos problemas no afectan directamente al votante francés, más preocupado por sus propios asuntos.

Las malas perspectivas para el empleo, por ejemplo, o la ralentización del crecimiento económico que parece demostrar que las políticas de ajustes y recortes, con dolorosas concesiones como el aumento de la edad de jubilación, no sirven para que la población supere la crisis. Y ahora pueden votar y expresar en las urnas su descontento.

De momento, si las encuestas no fallaran, hoy por hoy, casi cualquier candidato socialista arrebataría el Elíseo al marido de Carla Bruni.

Aún hay algo peor, la percepción que en los últimos tiempos tiene el votante francés de que prestigiosos políticos y figuras públicas de renombre mantienen un duro enfrentamiento con las políticas que impulsa Angela Merkel. El mismo presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean Claude Trichet, o la nueva directora gerente del FMI, Christine Lagarde, que hasta hace muy poco era la ministra de Finanzas gala han tenido sus serias diferencias públicas con los responsables económicos alemanes en los últimos tiempos.

Y esas confrontaciones no son buenas para las perspectivas electorales de Sarkozy que podría estar a punto de escenificar muy pronto la disolución del eje francoalemán. Al menos de cara a la galería. Por lo menos, eso comentan algunos bloggers franceses, en estos días, quizá convencidos de que el político galo se mueve siempre más por su propio interés que por cualquier otra consideración.