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20 de septiembre de 2019, 22:53:13
Opinión

Detrás de la cortina


Jeremy Corbyn muestra el camino a Pedro Sánchez

El veterano líder británico conecta con los jóvenes y renueva el Partido Laborista

Por Rafael Alba

¿Sorprendidos? Algunos parece que sí. Por lo visto resulta prodigioso que los votantes de un partido de izquierdas, prefieran a un lider de izquierdas que presente un programa de izquierdas. Solo así puede comprenderse, al menos en parte, la estupefacción derivada de los excelentes resultados conseguidos en las elecciones legislativas de Reino Unido por el Partido Laborista que lidera Jeremy Corbyn. Una formación para la que algún analista avispado había firmado ya hace un tiempo el corresponidente certificado de defunción y que, contra todo pronóstico, ha conseguido atraer al 40,1% de los votantes, un10% más, y ha obtenido 261 escaños, 29 más de los que tenía. Ese héroe es el mismo hombre, envejecido y 'vintage', el mismo abuelito cebolleta, que hasta hace un par de semanas iba a conducir a su partido a la irrelevancia total y al peor resultado electoral de su historia. El mismo que ha tenido que ganar dos veces los 'comicios' internos de su propio partido y encabezar la oposición con más de la mitad de los parlamentarios de su formacion en contra. Pero ha resistido, ha sobrevivido y ahora va a ser muy complicado que alguien le intente hacer la cama durante un tiempo.


Para empezar Corbyn ha conseguido detener la deriva imparable del laborismo hacia su autodestrucción, en su primera comparecencia real ante las urnas, en una batalla en la que el fuego era real y en la que no contaba casi con apoyos internos. Su conexión, inexplicable para algunos, con la juventud ha estado en la raíz de esa milagrosa resurección, basada, sobre todo, en la captura de nuevos votantes. En su capacidad de atraer hacia las urnas a gente, desilusionada y harta de la política, que por fin ha encontrado alguien en quien depositar su confianza. Un tipo que quizá no sea ni muy brillante, ni muy carismático, pero cuya trayectoria, de batallas perdidas y defensa a ultranza de causas imposibles le aportan la credibilidad que necesitarán tener siempre a partir de ahora los nuevos políticos. A Jeremy le ha ayudado a sobrevivir esa nueva mayoría que no termina de formarse, pero que se sigue cociendo a fuego lento en todos los países democráticos del mundo, y que parece apostar por un regreso a los principios socialdemócratas que hicieron posible el pacto entre las élites y el pueblo llano que consolidó la democracia y engendró el estado del bienestar.

Convendría tener en cuenta a la hora de analizar lo sucedido en las legislativas británicas que Theresa May, no ha sido, ni mucho menos, esa rival facilona a la que ahora pintan con aires de perdedora y de política irresponsable y líder débil. En absoluto. La jefa del Partido Conservador se ha pegado un buen batacazo porque ha perdido muchos escaños, 12, y se ha quedado sin mayoría absoluta. Y, sin embargo, ha logrado el 42,4% de los votos. Casi seis puntos más de los que consiguió David Cameron en aquellas elecciones anteriores que le proporcionaron a su partido esa cómoda mayoría absoluta que acaba de perder. Es decir que May, ha 'mejorado' los resultados de su antecesor. Entre ella y Corbyn, además, han restaurado el viejo bipartidismo que parecía a punto de terminarse para siempre y también han alejado del mapa la posibilidad de un reverdecimiento del independentismo escocés que, previsiblemente, está a punto de enfrentarse a una crisis de difícil resolución.

Entonces, ¿qué habría pasado exactamente?. En primer lugar, la participación ha aumentado. Algo más de dos puntos y medio, lo cuál es una buena noticia e indica quizá una de las fuentes de esa inesperada subida del voto laborista. Y luego, probablemente, las aguas han empezado a volver a su cauce. Y muchos ciudadanos desilusionados por un partido que se desangraba a la par que perdía su identidad han valorado la llegada al liderazgo de un tipo que no jactaba de la reinvención de la rueda, pero al que avalaba su trayectoria. Una trayectoria que incluía, por ejemplo, sus enfrentamientos históricos a 'cara de perro' con correligionarios como Tony Blair, símbolo de una dirigencia socialdemócrata que inhabilitó a su partido a base de rebajar paulatinamente su contenido y de alejarlo de sus bases tradicionales de votantes. Y, aunque, consiguió volver a llevarlo al poder tras los años de hierro de Margaret Thatcher, tras el estallido de la última crisis mundial, su pesadísima herencia solo sirvió para dirigir hacia el ostracismo al viejo partido impulsado por los sindicatos y las fuerzas progresistas para asegurar una correcta redistribución de la riqueza en los años de cambio subsiguientes a la primera gran revolución industrial y que demostró su validez como instrumento tras las dos guerras que devastaron el mundo en las primeras décadas del siglo XX.

Cómo sucedió entonces, vuelven a hacer falta ahora, políticos con capacidad para firmar pactos intergeneracionales. Hombres y mujeres que sepan evaluar los daños producidos por los cambios que ha experimentado el mundo en este tiempo y apliquen las correcciones necesarias para intentar asegurar la redistribución de la riqueza y la libertad de oportunidades, entre otros asuntos fundamentales que se han perdido por el camino. No es tanto una cuestión de ideas nuevas, ni de vanguardias, ni de modernidades. Se trata de recomponer el viejo consenso e incorporar en el esos elementos que no existían antes. Los derivados del avance de la tecnología y la llegada de la globalización. Porque hay muchas más posibilidades que antes, gracias a los avances, de conseguir una mayor prosperidad para todos los habitantes del planeta. Y deben ser aprovechadas. Justo lo contrario de lo que sucede desde que tras la caída del muro de Berlín, las ideologías 'neoliberales', fracasadas como generadoras de un mundo mejor, se impusieran en todos los ámbitos de la vida.

La llamada fragmentación del voto, esa falta de mayorías absolutas que vemos por todas partes quizá tenga que ver con eso. Con la necesidad de recomponer los puentes y restablecer las mesas de dialógo. Las urnas, además, invalidan una y otra vez, las descalificaciones previas. Enrocados como están unos y otros, con acusaciones cruzadas de populismo y sin encontrar respuestas a los problemas comunes, como la precarización laboral, el deterioro del estado del bienestar o el terrorimos, a la hora de las votaciones, en casi todo el mundo, los votantes apuestan por la 'versión original' de la ideología en la que creen. Y si hace años fue posible el entendimiento y de ese entendimiento surgió la mayor etapa de prosperidad de la historia de la humanidad, al menos en occidente, no se entiende del todo bien, porque no puede volver a producirse. Falta, eso sí, un elemento. Ese enemigo global que era el estado soviético. Esa URSS que empobreció y esclavizó a los trabajadores rusos y a los habitantes de los países de su órbita de influencia, pero cuya simple y amenazante existencia beneficio a todos los obreros del resto de las naciones de occidente.

El fortalecimiento de la democracia y de las instituciones en que se sustenta sería clave para salir del actual 'impasse'. También en España. El lamentable espectáculo que dió ayer el PP de Madrid durante la moción de censura presentada por Podemos contra Cristina Cifuentes es una muestra, y van mil, de la necesidad absoluta que tiene el partido conservador español de emprender una renovación completa. Ni siquiera la líder, supuestamente, más moderna y limpia de sospechas, es capaz de comportarse con seriedad en el Parlamento. Acusa de hacer 'circo' a sus opositores y monta una función deplorable que debería servir, por si sola, ahora sí, para que PSOE y Ciudadanos, se aprestaran a desalojarla del Gobierno. Pero no lo harán, porque siguen sin entender lo que sucede. O eso me parece a mí.

También en España, se necesita renovar el pacto que propició la transición. Intergeneracional e interclasista. Y lo mismo que entonces, para conseguirlo hacen falta lideres nuevos. Personas con el mínimo de credibilidad exigible y que, antes, hayan conseguido imponerse a las redes de intereses creados que mantienen secuestradas a las cúpulas de sus partidos. Lamentablemente, en el PP, no se atisba a nadie con esas características, una vez que ayer quedó demostrado que Cristina Cifuentes es lo que es, una alumna aventajada de Esperanza Aguirre, un poco más joven, 'motera' y con tatuajes. Pero sin altura política alguna. En el PSOE, sin embargo, sí que hay alguien. Se llama Pedro Sánchez y ha conseguido ocupar el poder tras una dura lucha interna. Pero aún tiene que ganarse al electorado. Por eso, quizá no estará mal que se fijara en Jeremy Corbyn. Y que siguiera su ejemplo. Ya digo. No hay necesidad de inventar nada. Basta con recuperar los postulados socialdemócratas de siempre. Ese puede ser el camino de la alternativa. El mejor e incluso, el único.

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