‘Nunca es demasiado tarde’, una película de Uberto Pasolini

Nunca es demasiado tarde
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El sobrino del conocido director italiano Luchino Visconti dirige su segunda película, un drama sobre la soledad y la muerte en el que también hay espacio para las segundas oportunidades y el optimismo. El italiano Uberto Pasolini -que no tiene nada que ver con Pier Paolo Pasolini pero sí con Luchino Visconti, su tío- tiene una dilatada carrera como productor en el cine británico, aunque aún comienza a dar sus primeros pasos en la dirección. Acaba de estrenar su segunda película como realizador, ‘Nunca es demasiado tarde’, una cinta sencilla pero cumplidora.

Narra la historia de John May (Eddi Marsan), un funcionario londinense que se encarga de buscar a los familiares y amigos de personas que mueren en la más absoluta soledad. Intenta que se involucren en el último adiós y, cuando no lo consigue, él mismo organiza una digna despedida para el fallecido. Pero, tras 22 años de concienzudo trabajo, su jefe le anuncia que le tienen que despedir por los recortes de presupuesto. Antes de plantearse su futuro, se entrega en cuerpo y alma en su último caso.

El propio May es también una de esas personas solitarias y retraídas. Vive en un pequeño apartamento sin apenas cruzar palabra con sus vecinos y lleva una vida marcada por la rutina y la obsesión por el trabajo, su vía de escape para esa incomunicación.

Pese a ello, no es antipático ni desagradable, sino más bien lo contrario, rebosa generosidad. Lo da todo por aquellos que parece que ya no importan a nadie, es meticuloso, concienzudo y se fija en cada detalle. Un personaje peculiar y tierno.

A este tipo tan característico, le da vida Eddi Marsan. Curtido en personajes secundarios, es su primer protagonista y, sin duda, no será el último. Se transforma absolutamente en el personaje, capaz de mostrar a la vez su ternura, su distanciamiento y sus rarezas.

Sobre él recae todo el peso de la película, pues aparece en todas las escenas. Es la pieza clave de la historia que quiere contar Pasolini, un relato sobre la soledad y la muerte, pero también sobre las segundas oportunidades. Así, pese al drama y su difícil temática, también hay sitio para algún toque de comedia y para el optimismo.

La narración es pausada, cuidada y desarrollada con elegancia, hasta llegar a un final que no deja indiferente: ya sea para bien, por el riesgo que toma el director y guionista para cerrar la película; o para mal, por resultar previsible en algunos aspectos y dejarse llevar por el melodrama (algo que hasta este punto había logrado evitar).

El detallismo también se palpa en la puesta en escena, muy meticulosa, como el protagonista. Pasolini busca además la sobriedad de las líneas rectas y de la simetría, que recalcan también la minuciosidad y el orden del señor May, pero apuesta por el color blanco y la luminosidad para rebajar la oscuridad de la muerte.

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