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Edición testing    27 de julio de 2017

Cenáculos y mentideros

Cenáculos y mentideros

Debo reconocer que me sorprendió la fogosidad, algo de asamblea de Facultad aún, de Irene Montero.

Salió Irene Montero, que allí está por lo que está, a demostrar que era capaz de sostenerse dos horas en el atril del hemiciclo sin tumbar de aburrimiento a Sus Señorías. Creo que lo logró. Pero, claro, vencer a un dinosaurio como Mariano Rajoy, con más experiencia, más coña gallega y más información –fíjese usted que no hablo de si tiene o no más razón–, era un imposible. Montero no es esa Pasionaria a la que uno alcanzó a conocer hace cuarenta años, sentada en la Mesa de edad del Congreso salido de las primeras elecciones democráticas. Claro que Pablo Iglesias no es aquel –ojo, aquel, no este– Felipe González de hace cuatro décadas. Ni, desde luego, Rajoy, con toda su veteranía, es Adolfo Suárez. Así que de expectativas de auténtico cambio, de regeneración, de ideas nuevas, ni hablamos.

Cenáculos y mentideros

Lo peor es que la propia Europa parece haber perdido un tanto el norte, y no digamos ya lo que ocurre en los Estados Unidos.

Imposible tomar el mejor camino cuando no se sabe hacia dónde se va. El problema de España viene siendo secularmente el mismo: no hay proyecto de nación, falta un esquema unitario, patriótico. Básicamente, porque nunca se pensó en el ciudadano; y, si no se nos tiene en cuenta a cada uno de nosotros, ¿cómo pensar que existe un esquema para el bien colectivo, más allá del tópico ‘todo para el pueblo, pero sin el pueblo’? Y, así, puede que España viva momentos de bienestar coyuntural, de atascos en los ‘puentes’ festivos, pero de atonía moral. Ya nos dijo Bismarck, y pienso que sigue teniendo razón, que España es la nación más poderosa de la tierra, porque lleva años intentando destruirse sin lograrlo. Claro, ahora es Cataluña el punto concreto que suscita esta reflexión, pero podrían traerse muchos más ejemplos para demostrar que el nuestro es un país, con todo, afortunado, un buen barco velero que navega con buena mar y buen viento, pero cuyo timón gira sin manos expertas y firmes que lo manejen.

Cenáculos y mentideros

Para el marianismo, los nuevos tiempos son estos tiempos que corren (bueno, eso de correr, metafóricamente, es una parábola en el caso de Rajoy). Para él, sospecho, buenos tiempos, con todo.

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Ya sé que los ‘nacionalgates’ son pelillos a la mar en comparación con la que está montando, día tras día, el hombre del pelo naranja y la corbata roja. Pero son nuestros pelillos

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Pero, claro, si no son capaces de tratarse con cariño entre ellos mismos, ¿qué podemos esperar los ajenos? Con suerte, un silencio indiferente: qué molestos son estos periodistas;, pues ¿no pretenden que el portavoz hable?

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Hemos escrito todos tanto acerca de la ‘sentencia del año’, la que condenó a Urdangarín y absolvió penalmente –solo penalmente– a la aún infanta, que ya solo cabe hablar de sus posibles consecuencias a medio y largo plazo.

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Las bases pidieron ‘unidad’ e Iglesias, además, ‘humildad’, cualidad que, como le ocurre a Rajoy con el ‘diálogo’, que también pidió en su discurso de clausura, no es su fuerte.

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2017, que prometía ser el año del remanso de paz y la reforma política al menos aquí en casa, puede ser otro año de inestabilidad.

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Resulta algo provinciano creer que el hecho de ocupar un estrado en el Parlamento Europeo, que es algo al alcance de casi cualquiera, resulta un hito en la diplomacia catalana.

Cenáculos y mentideros

Acabó la tregua navideña y ahora empieza lo bueno.

Cenáculos y mentideros

En 2017 no se puede seguir como si aún estuviésemos varados en el pantanoso 2016.

Cenáculos y mentideros

No hay quien haga sombra a SSdeS, enfrentada ahora a sus días más duros: el president de la Generalidad va a convocar nuevamente, de modo formal, ese referéndum secesionista.

Cenáculos y mentideros

España es país en el que ocurren, y dejan de ocurrir, tantas cosas que siempre hay alguna coincidencia en el tiempo con acontecimientos paralelos.

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No sé, tal vez fuese corrupta, pero nadie respetó su pretensión de inocencia. Fue la víctima, otra víctima, de este país sin amor y con mucha mala leche).
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