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La libertad bien vale una misa

Diego Carcedo
Diego Carcedo
¿Hace falta echar mano de los tratados internacionales para justificar que una televisión pública de un país con un porcentaje importante de católicos, renuncia a prestar un servicio público a una parte de la ciudadanía por el capricho visceral y vocacionalmente iconoclasta de otra?
Algunos hooligans de Podemos, es probable que carentes de otras ideas y propuestas, han pedido que Televisión Española deje de retransmitir la misa los domingos. ¡Vaya por Dios!, nunca mejor dicho. Un  obispo ha reaccionado recordando los compromisos  que España mantiene con el Vaticano para rebatirlo. Y jurídicamente tiene toda la razón, pero ¿hace falta echar mano de los tratados internacionales para justificar que una televisión pública de un país con un porcentaje importante de católicos, renuncia a prestar un servicio público a una parte de la ciudadanía por el capricho visceral y vocacionalmente iconoclasta de otra?
 
Aunque las creencias religiosas, igual que las ideas  políticas,  no tienen por qué ser declaradas, no tengo reparo en revelar que, aunque bautizado católico, casi nunca voy a misa ni jamás he visto una misa por televisión. Pero mis comportamientos personales, lo mismo que mis intereses en otras materias,  opino que no deban  mezclarse ni influir en cualquier análisis de la realidad social que las  actitudes públicas me susciten: La libertad que queremos justifica muchas misas. La noticia de que algunos miembros de Podemos reclaman que TVE deje de prestar un servicio público  como es la misa, me  impulsa a reaccionar en  contra   y a formularme algunas preguntas:
 
La primera, muerto Stalin ¿a quién molesta una misa a la que a nadie obligan a escuchar? ¿Causa ruidos estridentes como ocurre con algunas  actividades recreativas, impide a alguien dormir, obstaculiza el tráfico, expande el microbio de la gripe? ¿Acaso no hay otras  ofertas audiovisuales como  para que los espectadores carezcan de otras opciones ante la pantalla? TVE,  dedica espacios de su programación también a los musulmanes, a los judíos y a los evangélicos. Es evidente que en ese reparto la religión Católica cuenta con más tiempo pero  nadie ignora que el número de católicos es muy superior al de seguidores de otras creencias. Prueba es que tanto en  el reparto de tiempos, como  de presupuesto  para la producción, los otros no lo discuten.
 
Tampoco parece que los líderes de Podemos – no todos, también hay que decirlo – echen la vista atrás y observen antes de hablar en qué degeneró la persecución a que sometieron a las religiones  los fracasados regímenes comunistas del Centro y Este de Europa: bastó que se restableciesen la democracia y las libertades para que la religiosidad que se había querido liquidar  resurgiese  con fuerza. Las creencias religiosas son consustanciales a la especie humana. Ningún pueblo a la largo de la Historia, y en cuanto se sabe de la prehistoria, careció de unas creencias espirituales.
 
Estoy de acuerdo en que las relaciones  entre la Iglesia  y el Estado deben ser actualizadas de manera y separadas claramente y  que ambas instituciones actúen con mayor independencia que en la actualidad. Pero por lo demás, ¿qué ejemplo de respeto a los ciudadanos   pretenden dar unos políticos jóvenes que quieren mejorar la convivencia  impidiendo que la televisión de todos dedique una pequeña parte de su programación en una hora marginal  a una retransmisión que interesa a muchos en buena parte impedidos para acudir a la Iglesia? ¿Opinan también los líderes de Podemos que deben ser prohibida la recepción de televisiones musulmanas?
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