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Unilateralismo simplón

Josep Lladós
Josep Lladós
La Administración Trump abre con estrépito la refundación del unilateralismo económico.
Tras un discurso de toma de posesión con contenido demagógico y tono agresivo, dirigido estrictamente a sus votantes y sin ninguna concesión al legado de Obama, la primera semana de mandato del nuevo inquilino de la Casa Blanca ha encendido las alarmas en muchos rincones del planeta.
 
A golpe de decreto presidencial, Trump diseña un escenario de acción política unilateral que probablemente inquiete incluso a sus correligionarios republicanos. Se vislumbra un cambio sensible en la percepción del mundo sobre la capacidad de respuesta y control del amigo americano ante lo que el futuro nos depare.
 
Probablemente se pueda calificar el inicio de legislatura mediante un amplio abanico de adjetivos. No hay duda del carácter revanchista de algunas medidas adoptadas que, aunque hasta el momento son de poco calado, anuncian una reversión de la política energética, sanitaria y migratoria del ejecutivo saliente. Tampoco parece muy alejado de la realidad un cierto contenido xenófobo de la argumentación que acompaña las primeras medidas adoptadas, ya que, en opinión del nuevo presidente, otros países son los causantes de todos los males que acontecen a la primera economía mundial.
 
Pero me gustaría centrarme en otros dos aspectos de las medidas de choque adoptadas por la nueva administración. Por un lado, el inicio de un decidido proceso de unilateralismo económico por parte del gigante norteamericano. Y no tanto por lo que hasta el momento se ha concretado como por el carácter de lo que se anuncia. El cacareado America first no debería interpretarse tanto como la defensa prioritaria de los intereses nacionales como más bien como una declaración pública y sonora de voluntad de independencia política y económica. La cooperación internacional y la acción concertada palidecen y parecen haber vivido tiempos mejores, pues algunas medidas anunciadas amenazan con violentar gravemente el contenido y los compromisos jurídicos en acuerdos comerciales internacionales, de carácter regional o multilateral.
 
Por el otro, y muy relacionado con lo dicho hasta el momento, la debilidad y el sesgo de los argumentos económicos que justifican y sostienen las primeras medidas adoptadas. En ocasiones contradictorias e incluso contraproducentes para los objetivos anunciados. En todo caso, demasiado simplistas.
 
El empecinamiento con el principal socio comercial en la región roza el dislate económico. Al aviso sobre la construcción del muro fronterizo se añade la amenaza de un impuesto específico sobre las importaciones mexicanas atendido a proteger los intereses y financiar la propia infraestructura.
 
En la actualidad, los Estados Unidos contribuyen al 65% del valor de los inputs necesarios en la producción de manufacturas mexicanas, muchas de ellas para ser reexportadas a la orilla norte del Río Grande. De modo que la imposición unilateral de un arancel específico a las exportaciones industriales procedentes de México no contribuiría precisamente a la mejora de la competitividad de una industria norteamericana fuertemente imbricada en las cadenas globales de valor ni tampoco al bienestar de unos consumidores abocados a una oferta de productos menos variada o más encarecida. Al fin y al cabo, no debe olvidarse que quien paga los impuestos sobre la importación no son los productores extranjeros sino los consumidores nacionales. Y si bien la construcción de nuevas infraestructuras puede favorecer el crecimiento económico y del empleo, también es cierto que agrava los riesgos inflacionarios de una economía con elevado nivel de ocupación pero una profunda asimetría salarial. Y tanto los impuestos al consumo como la inflación perjudican más a quien de menores rentas dispone.
 
Y aunque se rumoree que, para evitar el perjuicio, las empresas norteamericanas se beneficiarán de un subsidio equivalente cuando exporten sus productos, los efectos sobre la cotización del dólar pueden ser adversos, pues aumentaría el atractivo para declarar beneficios empresariales en Estados Unidos.  Y si la rebaja impositiva se generaliza a todos los ámbitos (lo que está por ver) mientras aumenta el gasto público, el déficit tiene muchas opciones de crecer junto con los tipos de interés. Y en un contexto de intereses (casi) bajo cero, el dólar también puede apreciarse también por esta vía, penalizando la competitividad exterior de la industria norteamericana.
 
Ergo, a expensas del diseño concreto de la ingeniería fiscal del nuevo ejecutivo, la posible desviación de comercio e inversiones ahora mismo tan sólo levanta una sonrisa en los tenedores de activos financieros nominados en dólares. Accionistas en Wall Street naturalmente, pero tenedores de deuda soberana norteamericana también. ¿Verdad, presidente Xi?
 
Lo dicho, todo muy coherente….
 
*Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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