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Los otros catalanes

Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat
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Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat

Entre tantos catalanes contrarios a la secesión que ahora confiesen su inquietud hay intelectuales, funcionarios, trabajadores, amas de casa… y empresarios.

Por fin parece que los otros catalanes, la mayoría silenciosa que no enarbola esteladas ni quiere meterse en aventuras con malos augurios, empiezan a emerger de su pasividad y ostracismo en medio del proceso secesionista que amenaza con complicarles la vida hasta extremos inimaginables. Sorprendía que entre tantos desafueros apenas se escuchasen voces del pueblo catalán dando la alarma y preparándose para hacerse oír.

Es bastante frecuente que la democracia ceda demasiado y sean los exaltados los que tomen el control de sus deseos de imponerse a los demás. Es lo que está ocurriendo en Cataluña donde cuando menos la mitad de la gente ha visto, oído y callado lo que estaba ocurriendo dudando seguramente de que aquellas bravatas llegasen a más y, en última instancia, que el Estado impusiese la normalidad que se estaba quebrando. Es lo que está ocurriendo aunque muy tarde.

El Gobierno de Mariano Rajoy tiene muchas responsabilidades en el agravamiento del problema y en la impunidad en que se ha venido enquistando. Pero no es sólo al Gobierno al que hay que echarle las culpas. También otra parte de la sociedad catalana contribuyó dejando que las cosas corriesen sin mover ni un dedo para demostrar su presencia y derecho a opinar en el conflicto. Los independentistas, movidos desde la propia Generalitat lo tuvieron muy fácil, se creyeron los amos y como tales actúan.

Entre tantos catalanes contrarios a la secesión que ahora confiesen su inquietud hay intelectuales, funcionarios, trabajadores, amas de casa… y empresarios. Muchos empresarios que son sin duda los que contemplan tantos desmanes con mayor preocupación pero que han permanecido callados escuchando que Cataluña quedaría fuera de la Unión Europea, del euro, de la OTAN, etcétera, que además es el deseo de algunos de los promotores del golpe perpetrado desde el propio Parlament.

Ha habido excepciones, por supuesto, como el difunto editor Lara que amenazó con sacar de Cataluña a su imperio económico, y algunos más que incluso se vieron damnificados por la reacción y el injustificado veto a sus productos como el cava, que otros nacionalistas, los españoles, aplicaron por su cuenta. Otros muchos empresarios, empezando por la ambigüedad en muchos momentos del presidente de la CEOE, optaron por no comprometer su negocio.

“Que nos defiendan otros, hay que vivir con todos”, parecía ser su slogan lejos de echar una mano colaborando con las instituciones que surgieron en contra de la independencia. No fueron todos, repito, a la chita callando algunos trasladaron sus negocios a otros lugares o empezaron a elaborar planes de contingencia para hacerlo si llegaba el caso. Varios ministros del Gobierno de Rajoy, si no todos, han escuchado en conversaciones privadas con cínicos empresarios catalanes la pregunta, pero ¿vosotros no vais a permitir que se coloque ninguna urna, verdad?

Las cosas han ido demasiado lejos, ya digo, el proceso ha entrado en cierta crisis, desde el poder del Estado se están adoptando medidas mesuradas y contundentes y, aunque sea tarde para muchas cosas, es hora de que quienes no están de acuerdo con los bocazas de la CUP y los celestinos del PDeCat y los sibilinos de ERC, lo digan sin miedo. Algunos ya han empezado y otros se sumarán sin duda: el miedo al futuro que quieren los secesionistas es más amenazador que el que ahora pueda existir.

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