Noviembre de 2003



El fracaso de la nueva economía acaba con el culto a Wall Street

El llamado estallido de la burbuja tecnológica no fue sino el inicio de una turblenta época en la que los escándalos contables y los atentados del 11-S llevaron a revisar un sistema hasta entonces considerado como perfecto y sin fisuras.

Viernes 10 de marzo de 2000. Un día que cambió el curso de la historia de los mercados financieros. El Nasdaq tocaba sus máximos históricos de 5.048 puntos y los inversores se iban de fin de semana con la felicidad en sus rostros y unas plusvalías acumuladas estratosféricas, ajenos a haber dejado atrás la última sesión de la ‘burbuja tecnológica’.

No imaginaban que el lunes 13 comenzaba a gestarse un crash bursátil que actualizó la imagen de los fantasmas de la famosa crisis del 29, aunque por aquellas fechas el Nasdaq ni existía. A partir de ahí se inició un declive que empezó a hacer ruido de verdad a los pocos días, el 3 de abril. En esa jornada, el Nasdaq se desplomó un 8%, en lo que constituía la sexta mayor caída de su historia. La causa aparente era el litigio oficial que sostenía Microsoft con las

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autoridades antitrust. Paradójicamente, el Dow Jones subía más del 2,5%, en un entorno de habituales macrosubidas y macrocaídas que habían extendido las prácticas de las bandas de fluctuación y la paralización de las cotizaciones.

El analista Robert Armknetch, de FleetBoston Financial, consideraba que esas distintas trayectorias se debían a “una rotación de carteras desde la nueva a la vieja economía”. Precisamente Microsoft se convirtió en la primera empresa del Nasdaq que comenzó a cotizar en el Dow Jones (después llegaría Intel). La cadena CNN subrayaba en su crónica diaria que el repliegue sufrido por el índice tecnológico desde su máximos, del 16%, era “una simple corrección, según comentan los expertos de Wall Street”.

En aquellos maravillosos años cotizaban más de 4.800 compañías en el Nasdaq y su capitalización bursátil era de 5,27 billones españoles de dólares, es decir, más de 800 billones de las antiguas pesetas. En el tradicional Nyse ponderaban 2.950 y el valor del mercado era de 11,3 billones de dólares.

A finales de 1999, el índice compuesto del mercado tecnológico finalizaba el ejercicio por encima de los 4.000 puntos, después de un repunte anual del 84%. El mayor de todos los tiempos. Ante aquellas cifras demoledoras a Walter Murphy, analista de Merrill Lynch, no le quedaba más remedio que plegarse ante la contundencia de los acontecimientos.

La tormenta del siglo
Semejante comportamiento era “como la tormenta del siglo” e incluso vaticinaba que el índice alcanzaría los 5.000 puntos en la primera mitad de 2000. Le sobró un trimestre entero. Mientras, Wayne Lee, portavoz del Nasdaq, sacaba pecho y destacaba que su mercado era el preferido por las compañías de mayor crecimiento en EEUU, así como un destacado contribuyente al crecimiento económico y la creación de empleo.

¿Quién imaginaba entonces que las empresas tecnológicas iban a liderar los recortes de plantilla, las caídas de resultados y la recesión venidera? La respuesta es nadie. Si en 1998 la suspensión de pagos rusa no provocó grandes cataclismos bursátiles (sí políticas) porque la gran banca de inversión y las principales autoridades económicas la vieron venir, en esta ocasión la crisis sorprendió a todo el mundo. Incluido el propio Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, que ya en diciembre de 1996 advertía de la “exuberancia irracional” de la bolsa, en una intervención que pasó a la historia. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, ha criticado posteriormente en su libro “La Globalización y sus descontentos” al responsable de la Fed: “Parecía que esperaba domar la burbuja y salvar a la nación del estallido de ella. Sólo con palabras. Greenspan había sobreestimado su influencia”.

Aquella segunda mitad de los noventa eran una época de operaciones mediante intercambios accionariales, con papelitos. Las grandes fusiones se realizaron mediante canje de acciones y a los inversores se les pagaba con ampliaciones liberadas, en lugar de con dinero contante y sonante. Entre otras operaciones corporativas sonadas estuvieron las fusiones de AOL y Time Warner, MCI y World Com, Terra-Lycos o Bell Atlantic y GTE.

Oleada de quiebras. Sólo tres años después, ya se pudo ver cuánto humo había en todas estas operaciones. Las compañías comenzaron a quebrar en los últimos tres años y medio (Tyco, K-mart, Enron, WorldCom...) y a sufrir investigaciones

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por falseamiento de cuentas. Las miradas acusadoras se dirigieron antes que a las grandes corporaciones, a las auditoras, responsables de dar el visto bueno de unas
cifras de las empresas cuya compresión era absolutamente imposible. El pinchazo de la 'burbuja' trajo consigo la total quiebra del aval de confianza. La cabeza visible fue Arthur Andersen, empresa auditora que todas las compañías colocaban encabezando sus informes trimestrales como máxima garantía de veracidad. Su final fue triste.

En junio de 2002 la compañía fue condenada al pago medio millón de euros por obstrucción a la justicia en las investigaciones por el caso Enron, así como a una inhabilitación por cinco años. Algo que daba igual, porque la empresa ya estaba desahuciada.

En medio del proceso, en 2001, llegó el 11-S, pero antes ya la bolsa era un continuo goteo de profit warnings, que alertaban que las empresas no cumplirían ni por asomo unas expectativas estratosféricas, lo que servía de excusa para el fuerte repliegue bursátil. Dichas previsiones, basadas en un círculo virtuoso de aumento continuo de la productividad, habían provocado un encarecimiento de los costes espectacular por parte de las empresas de Sillicon Valley. Una vez que la cruda realidad dejó claro que era insostenible el crecimiento exponencial esperado por las grandes empresas tecnológicas, se impuso el aumento de la productividad vía recorte de costes.

De esta manera, en estos tres años negros las empresas tecnológicas del Valle de la Silicona pusieron en la calle a 200.000 trabajadores. No fueron los únicos. La industria financiera también hizo estragos en sus plantillas, con cerca de 100.00 despidos.

Seguramente hay muchas cosas que echar en cara a los analistas e incluso a las autoridades económicas, pero nadie podía prever el 11-S de 2001.

Grasso, un héroe. A las 9 de la mañana, el primer avión se estrellaba contra una Torre Gemela y desencadenaba el mayor caos desde la Segunda Guerra Mundial. Los dos edificios del World Trade Center, uno de los emblemas financieros cayeron, enterrando a casi la totalidad de la plantilla del broker de bonos Cantor Fitzgerald, de la gestora Fred Alger y a algunos miembros de Morgan Stanley.

Más de 3.000 personas perecieron en una catástrofe que impidió abrir a Wall Street hasta el lunes 17. El toque de campana ese día fue histórico, con las fuerzas de policía y bomberos dando la señal de apertura, junto a Richard Grasso, uno de los héroes nacionales, y al entonces alcalde de Nueva York, Rudolph Giullianni.
Los atentados del 11-S pusieron a pleno rendimiento los mecanismos de defensa de la Reserva Federal y el Tesoro.

Las inyecciones de liquidez evitaron un desplome de su divisa. Ambos organismos inundaron los mercados de dólares para evitar un colapso financiero. Los inversores acudieron al mercado con un fervor patriótico que duró poco. La Fed se aplicó a la tarea a un intenso proceso de recortes de tipos de interés, que llevaron el precio del dinero a sus mínimos históricos, con 11 retoques a la baja sólo en 2001.

Ahora, con el precio del dinero al 1% todavía se dice desde el Tesoro y la Fed que los tipos bajarán más si es necesario. A finales de 2000, el precio del dinero estaba en el 6,50%. Después de 11 recortes por parte de la Reserva Federal, el tipo de referencia quedó en el 1,75% a finales de 2001. La Fed bajó tipos en todas sus reuniones del año, incluida una extraordinaria el 17 de septiembre por los atentados del 11-S, en paralelo con el Banco Central Europeo (BCE). Una cota inimaginable. Pero hubo más.

En 2002, Alan Greenspan retocó de nuevo los tipos en noviembre y en 2003 en junio, hasta un tipo del 1,00%. Estos movimientos dispararon el mercado hipotecario pero acercaron el miedo a la deflación.

Histórico déficit. Y el gasto público se disparó. En la actualidad, el déficit de EEUU está en cifras históricas, tanto el gasto como el déficit por cuenta corriente. George Bush parece decidido a resucitar la bolsa con inyecciones de dinero público, algo que según algunos analistas, es pan para hoy y hambre para mañana.
Pero poco después del 11-S, mientras la ‘zona cero’ todavía humeaba, llegó la quiebra de Enron, la gran utilitie estadounidense. Algo que venía gestándose desde hace meses.

Algunos expertos ya alertaban de la contabilidad creativa de varias grandes empresas, pero, al igual que el desplome bursátil, nadie llegó a concebir la magnitud de los hechos. Enron era una compañía paradigma de la nueva empresa. Además de generación, distribución y comercialización, como buena multiutilitie (término al que se apuntaron de manera efímera las grandes eléctricas mundiales) también ofrecía agua, gas... todo ello, mediante un mecanismo de venta por Internet. Pero la empresa quebró, dejando un agujero negro que fue obteniendo el visto bueno por parte de las auditoras a lo largo de los trimestres precedentes. La compañía abusó de la contabilidad creativa, contrayendo posiciones en derivados como el Hedge Fund más agresivo.

De hecho, no faltó quien dijo que la gran caída de Enron fue como la quiebra de un fondo de cobertura, como el LTCM en su día. Lo malo es que hubo empresas que dieron el visto bueno a sus cuentas durante mucho tiempo, hasta que fue muy tarde.
Con el caso Enron la crisis empresarial tocó fondo. Viendo todo lo que acarreó (el fin de Arthur Andersen, suicidios de directivos, quiebra del principio de confianza), EEUU tuvo claro que este sería el último gigante que verían caer.

Meses después, los fraudes contables detectados en las agencias hipotecarias estatales Freddie Mac o Fannie Mae fueron solventados a las primeras de cambio. Los expertos tenían claro que el cupo de escándalos empresariales estaba más que completo y sobre todo, el sistema no podía permitirse un descalabro de los gigantes hipotecarios, algo que habría puesto en jaque a la principal economía del mundo.

Calma engañosa. Pero todo esto ocurría en 2003, un ejercicio en el que la calma parecía haber llegado. Los principales índices mundiales han salido de números rojos y enfilan su primer ejercicio positivo desde 1999. Con toda seguridad, 2003 será, por fin, un año bueno. Las cifras de PIB se han disparado en EEUU e incluso

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se habla de reactivación de la inversión empresarial y por tanto, de creación deempleo. Los bancos han culminado prácticamente el proceso de reemplazo de las garantías mobiliarias de sus préstamos por garantías inmobiliarias.
Pero este año también ha tenido su calvario. El fiscal Elliot Spitzer la ha emprendido contra los gestores de fondos de inversión, alertando que la práctica totalidad de una industria de 6 billones de euros ha cometido irregularidades. Es decir, Spitzer afirma que el dinero invertido en estos productos financieros se ha gestionado de manera irregular, perjudicial para el partícipe. Entre otras cosas, por operaciones fraudulentas a la hora de fijar la valoración de las inversiones.

Por eso, fueron cesados miembros de Bank of America, Janus, Strong Capital y se abrieron investigaciones contra Prudential, Fidelity, Fred Alger y un interminable de número de firmas.

Asimismo, la noticia de la remuneración del ex presidente de Wall Street, Richard Grasso, supuso toda una conmoción. Grasso recibió casi 150 millones de dólares en concepto de pensiones y pagos atrasados y aún tuvo el detalle de perdonar unos cuantos millones más, una vez se destapó el escándalo.

El otrora héroe nacional se vio obligado a dimitir ante la presión pública y mediática (inicialmente intentó resistir en su puesto) y a continuación fue cayendo la cúpula del Nyse. El puesto de Grasso fue para John Reed, ex Citigroup, en una solución de urgencia, que dejaba clara la crisis institucional del mercado de valores de EEUU, el último eslabón del estallido de la burbuja.

Antes también hubo cambios, con menos estrépito, en el Tesoro, con la llegada de John Snow en lugar de Paul O´Neill, que a su vez había reemplazado a Robert Rubin. En la Sec, William Donaldson ocupó el cargo de Harvey Pitt.

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Así las cosas, el futuro parece prometedor en apariencia. Muchos expertos afirman que lo peor ha pasado y las autoridades económicas aseguran que EEUU está demostrando con hechos que la recuperación económica ha llegado.
Algunos sobresaltos como el gran apagón de agosto, que afectó a Nueva York, al norte de EEUU y el sur de Canadá, y que tuvo su antecedente en la crisis energética de California, han dejado claro que EEUU todavía tiene un gran terreno por avanzar, en este caso en materia de inversión en infraestructuras, un aspecto que la ‘nueva economía’ dejó completamente de lado.

Y no sólo se trata de que las empresas tiren cable por todo el país, sino de articular una nueva ley energética que las propias compañías quieren ver antes de comenzar con sus proyectos. Entre otras cosas, porque esperan un nuevo paquete de ayudas públicas.

La culpa, de Asia. Otro aspecto que deja entrever el anquilosamiento económico estadounidense es la cruzada emprendida contra los dragones asiáticos para que dejen de intervenir el mercado cambiario depreciando sus divisas ha dejado claro que EEUU todavía no se ha desperezado. Pero una presión excesiva a China o Japón podría provocar una repatriación de capitales desde EEUU.

Ambos países son los financiadores de la deuda norteamericana. Una salida de fondos asiáticos elevaría los tipos del mercado secundario, con lo que las hipotecas se encarecerían.

Las consecuencias podrían ir en cadena: nueva ola de despidos, impuestos ya rebajados, déficit por las nubes...

La purga ya se ha hecho. En el Nasdaq hay a finales del primer semestre del año unas 3.650 empresas. Pero pocos meses después del estallido de la ‘burbuja’ llegó a superar los 6.000 valores. Su capitalización es de 3,4 billones de dólares, un 34% menos que en marzo de 2000, sin contar las entradas y salidas del mercado. El Nyse ha visto como su capitalización caía un 2,5% en estos años.

 

 

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