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Priest agitan la protesta política con 'Nothing Feels Natural'

Priest
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La banda de Washington D. C. publica su primer álbum, que combina la canción protesta con el punk elegante.
Tal vez, a estas alturas del partido sea muy complicado mantener que el punk es aún esa música revolucionaria que sacudió los cimientos del rock and roll a finales de la década de los setenta del pasado siglo. Y es cierto que hay buenas dosis de manierismo, postureo y pose en muchas de las bandas que actualmente mantienen viva la llama de la vieja revuelta.
 
Pero, como siempre pasa en todo, también hay excepciones. Y algunas son tan notables como Priest, un cuarteto formado por cuatro activistas de Washington que han irrumpido con fuerza y vigor en el panorama musical estadounidense y que parecen unos serios aspirantes a encabezar la nueva oleada musical de protesta y resistencia que ya empieza a surgir tras la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.
 
Cuidado. No se trata de una pandilla de oportunistas. O no lo parecen. Por mucho que alguno de los mensajes de airada resistencia que incluye su flamante 'Nothing Feels Natural', el disco del que nos ocupamos hoy, parezcan escritos sólo unos días después del ascenso al poder máximo de ese hotelero, quizá arruinado y más bien ultraderechista, que protagoniza nuestras peores pesadillas.
 

 
Priest llevan casi cinco años dando la lata y ya levantaron la bandera de la resistencia cuando el presidente era un tal Barack Obama. A Obama, según recuerdan los críticos de Pitchfork, ya le dedicaron ácidas críticas en su momento. Porque, al fin y al cabo, también formaba parte de ese sistema corrupto que estos predicadores de la fé anarcorockera quieren destruir.
 
Por lo mismo, la banda ya se había dado a conocer en los ambientes políticos y universitarios afines, gracias a entregas a algunas grabaciones anteriores. Un par de ep´s y algún single, en concreto. Y también por su constante presencia en los escenarios más comprometidos y su implicación en cualquier acto reivindicativo que se haya celebrado en la capital del imperio durante el último lustro.
 
Para cualquier joven activista, implicado en causas justas y luchas sociales relacionadas con el feminismo, la lucha contra la desigualdad y demás caballos de batalla actuales, las canciones y la energía que derrochan los cuatro componentes de Priest son de sobra conocidas ya. Lo mismo que el carisma y la poderosa voz gritona de Katie Alice Greer su cantante y cabeza visible.
 

 
Claro que Katie se sube a las tablas siempre con la compañía adecuada, porque sus compañeros de grupo -Daniele Daniele a la batería, Taylor Mulitz al bajo y GL Jaguar, guitarra- quizá no sean los mejores instrumentistas disponibles. Pero saben sacar chispas de sus instrumentos e, incluso, introducir alguna que otra dosis de elegancia en el 'caos' controlado que provocan.
 
Y, aunque probablemente esa no fuera su prioridad cuando agarraron sus instrumentos y se lanzaron al barro, en ese tiempo han aprendido a tocar. Entiéndanme, no estamos ante finos estilistas, ni ante practicantes de las religiones relacionadas con la música de vanguardia. Pero sí ante tipos que saben expresarse, jugar con las dinámicas y aportar variedad a sus arreglos, siempre furiosos y energéticos, claro.
 
Y por eso, a lo mejor ha llegado su momento justo ahora, cuando el clima parece haber empeorados sustancialmente en EEUU, y empieza a surgir un público amplio, o al menos, más amplio de lo habitual que se muestra proclive a levantar los puños, agitar la protesta y entonar unos cuantos himnos de combate.
 
Porque ese es el ambiente en que este cuarteto luchador e incansable ha lanzado este impactante álbum, a través del sello Sister Polygon Records, una discográfica en la que participan y que se dedica a publicar la música más incendiaria que se produce en Washington y sus alrededores.
 
Y es, además, un buen disco. Crudo y no apto para cualquier estómago, pero con matices e intenciones musicales. Para lograrlo Priest ha contado con la ayuda de Kevin Erickson, un productor amigo que sabe sacarle partido en la mesa de mezcla a los ambientes agobiantes, los ritmos basados en la trepidación y los bajos incendiarios que abren el apetito de los bailarines de 'pogo'.
 
En general, además, se trata de un disco en el que resulta complicado elegir una canción favorita, porque todos los temas tienen una calidad similar. O eso me parece a mi que, sin embargo, he escuchado 'Nothing Feels Natural', unas cuántas veces más que el resto. Con lo que podría decir que es mi canción favorita de este álbum, por el momento.
 
Quizá por el ambiente de ultratumba, los guitarrazos largos, el tremolo y unos dibujos instrumentales que, a ratos, me evocan pasajes de viejas bandas que me gustaron siempre como The Cure o Joy Division. Aunque habrá quien encuentre un parecido más directo entre Priest y colegas generacionales como Savages.
 
Al final, lo que tenemos aquí son 33 minutos de música reivindicativa y potente repartidos en 10 canciones concisas pero sustanciosas que, de alguna forma parecen demostrarnos que el viejo espíritu punk que devolvió la pureza juvenil en el siglo XX a un rock que parecía a punto de apolillarse, todavía anda suelto por las calles. Así que, amigos, lo mismo no está todo perdido. ¿No les parece?
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