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‘Café Society’: la nostalgia del amor perdido

Café Society
Café Society
Woody Allen se traslada al Hollywood y Nueva York de los años 30 para plasmar la melancolía del desamor.
En una de las escenas más emblemática de la historia del cine, Rick Blaine, con su smoking blanco y su pajarita negra, se queda estupefacto al reencontrarse en su concurrido local nocturno, el Rick’s Café Americain, con su inolvidable amor del pasado, Ilsa Lund. El dolor y la nostalgia de aquello que pudo ser y no fue inundan la pantalla. Con el mismo atuendo, pero no en Casablanca sino en Nueva York, Bobby, el protagonista de la última cinta de Woody Allen, revive también la angustia del desamor al ver a Vonnie en su club del brazo de su marido. “La vida es una comedia escrita por un cómico sádico”, se oye en la película.
 
Este homenaje al film de Michael Curtiz evidencia el aroma a cine clásico que exhala ‘Café Society’, tanto en los recursos narrativos como en el gusto estético. No obstante, parte de la historia está ambientada en el Hollywood glamuroso de los años 30, el de estrellas como Errol Flynn, Gary Cooper, Ginger Rogers o los incipientes Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.
 
Allí se traslada Bobby (Jesse Eisenberg), dejando atrás Nueva York, con la esperanza de abrirse camino en la industria del cine gracias a la ayuda de su tío (Steve Carell), un poderoso agente. No tarda en conocer a su secretaria, Vonnie (Kristen Stewart), de la que se enamora perdidamente desde el primer momento, originando un delicado trio amoroso.
 
Un aire melancólico envuelve la historia principal, en la que Allen manifiesta las dos caras del amor: la más luminosa, el sentimiento puro; y la más amarga, el desencanto marcado por el triunfo de la conveniencia y la resignación. La comedia se reserva para los habituales chistes de judíos, el retrato de la pintoresca familia del protagonista y una trama secundaria de gángsters a la que le cuesta encajar con el relato romántico. 
 
 
El director y guionista neoyorquino dibuja una historia de apariencia sencilla, sin profundas reflexiones, y dirige la complejidad al plano formal. ‘Café Society’ presenta una puesta en escena más cuidada, con una calculada planificación y sutiles e ingeniosos movimientos de cámara que conjugan con las bellas imágenes conseguidas por el director de fotografía Vittorio Storaro.
 
Y acompañando este conjunto visual, el jazz que el cineasta utiliza siempre en sus bandas sonoras se convierte en una parte esencial de la obra, pues ayuda a crear esa atmósfera de elegancia, suntuosidad y oscuridad de la época y de los espacios que retrata, la noche neoyorquina de los clubes exclusivos y el hampa y el Hollywood de los años 30. Escenarios por los que el neurótico Bobby se mueve como un trasunto de Woody Allen, que Eisenberg interpreta de forma más contenida.
 
Todo alcanza su culmen en un final sutil y evocador en el que se condensa la añoranza del amor pasado que deja una huella imborrable.
 
En ‘Café Society’, el ingenio de Woody Allen se deja notar más en el aspecto visual que en un guión en el que, aunque se atisba la mordacidad del cineasta, la narración adolece de cierta languidez que le impide dejar poso. Pero ya sea por el fondo, por la forma, o por el conjunto, y pese al decaimiento de los últimos trabajos, Allen siempre acaba mostrando algún destello de lucidez.
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