La cueva de Alí Babá

Alí Babá no era rico. Tampoco era alguien importante. Según cuenta la historia -cuyo título original es Alí Babá y los cuarenta ladrones- este personaje de parábola popular era un leñador de origen humilde que, por casualidad, descubre en el bosque que le da de comer con su leña una cueva gestionada por una banda de ladrones que encierra grandes tesoros.

En realidad el título de este artículo es un malabarismo. De lo que se trata es de exponer un par de datos curiosos relacionados con cuevas llenas de riqueza afincadas en territorio árabe y gestores de dudosa reputación.

La primera curiosidad es que, al parecer, cada vez son más los traders que deciden cambiar el cielo gris y arisco de Londres por el de Dubai, bastante más agradable y vacacional según la óptica europea. La segunda curiosidad es que muchos de los que deciden cambiar de aires, a los pocos días de abandonar el Reino Unido, aparecen en el portal digital del regulador británico (Financial Services Authority o FSA, por sus siglas en inglés).

Semejante honor se debe, según explican algunas personas con acceso a este tipo de notificaciones, a que a estas personas se les ha retirado la licencia para operar en suelo británico tras haber comprobado irregularidades en su forma de ganarse el pan. Aunque si ustedes les preguntan por el éxodo a los implicados, seguramente aleguen no sé qué del clima. Los menos cínicos hablarán de haberse marchado en busca de un régimen fiscal más atractivo.

No tengo datos concretos ni tampoco nombres propios. Por eso la historia va de curiosidades y está publicada en este espacio. De lo contrario, el asunto identificaría a los cuarenta ladrones y sus respectivas cuevas mientras luce, vistoso, en la portada de este periódico.

Sin embargo, el ‘chascarrillo’ sí me sirve para introducir una canción que vengo escuchando desde hace meses. Está en portugués, pero tengo plena confianza en que sabrán captar el mensaje:

Onde está a honestidade? (Noel Rosa, 1933)

¡Vote Panathinaikos!

A estas alturas de la película, con la prima de riesgo española oscilando entre los 530 puntos básicos y los 550 puntos básicos de diferencial, nadie parece ser ajeno a que una parte de esta presión -algunos dicen que toda, otros dicen que ninguna, yo abrazo la prudencia y me sitúo en medio- podría -nótese el condicional- proceder de la incertidumbre que genera Grecia ante las elecciones que este país celebra el próximo domingo 17 de junio.

En dichos comicios los griegos no sólo van a decidir quién será su próximo primer ministro. También van a decidir, dependiendo del nombre que salga más votado, el futuro del euro; si la moneda única se queda con su composición actual o si ésta tiene que variar y qué consecuencias encerraría esta variación. Los dos candidatos favoritos son, según las últimas encuestas, el conservador -y preferido por Bruselas- Antonis Samaras (Nueva Democracia) y el izquierdista -y temido por Bruselas- Alexis Tsipras (Syriza). El Pasok del ex ministro de Finanzas heleno, Evangelos Venizelos, ya ni pincha ni corta, parece.

Pero también parece que hay gente que, cansada de Bruselas, de Berlín, del FMI y de su propia realidad política, ya ha decidido pasar olímpicamente del tema y centrarse en lo cotidiano, en lo que más afecta a pie de calle.

Este es el caso de los componentes de la peña que tiene el Panathinaikos (uno de los clubes deportivos más emblemáticos del país) en la discreta ciudad de Volos. Sus responsables están hartos de toparse con la farragosa burocracia de su ayuntamiento para poder mantener abierta su sede social. Cuentan que todo son trabas y más trabas, y que cuando por fin logran obtener todos los permisos para inaugurar el sitio ya están contando las semanas que quedan para que un oficial de policía llegue, agite unos papeles y proceda al cierre del mismo. Así llevan varios años; recorriéndose todos los barrios de la ciudad.

Sin embargo, gracias al clima político actual y a la proliferación de pequeños partidos por todas partes, estas personas han encontrado una solución: registrar la peña como una formación política local en Volos. De esta forma su sede será, oficialmente, la sede de un partido político que, además, tendrá derecho a ofrecerse a la ciudadanía este domingo. Dicen que en las papeletas pondrá “PAN.KI”. Es decir: PANATHINAIKOS KINIIMA (o, en castellano, “Movimiento por el Panathinaikos”).

Sus aspiraciones no son ni gobernar ni obtener representación alguna. Se limitan a querer obtener medio centenar de papeletas -las que depositen los socios de la peña en las urnas- para poder así mantener abierta la sede y el grifo del bar que hay dentro de ella. Y si la crisis se agudiza todavía más, qué menos que capear el temporal entre cañas con los amigos.

Las últimas noticias, por cierto, confirman que otras peñas del Panathinaikos repartidas a lo largo y ancho del país, con las de Atenas al frente, se han sumado a la iniciativa. Por el contrario, no se tiene constancia de que los aficionados de otros grandes clubes griegos como el Olympiakos, el AEK, el PAOK de Tesalónica o el Aris de esa misma ciudad hayan secundado la idea. Todo se andará.

El patio del colegio

Bruno Michel Iksil. Es muy probable que les suene de algo este nombre. Normal. Porque pertenece al trader de origen francés que causó el último gran desastre financiero internacional; el que protagonizó hace unas semanas el banco estadounidense JP Morgan Chase al reportar pérdidas multimillonarias debido a unas prácticas demasiado arriesgadas en torno al negocio de los productos derivados. Hay una investigación en marcha para aclarar el asunto, que por cierto no es el que nos ocupa en este artículo.

De lo que se trata aquí es de desvelar por qué a pesar de la enorme cantidad de dinero que era capaz de mover Bruno Iksil en sus operaciones, dentro del entramado financiero londinense su nombre pasaba relativamente desapercibido. La respuesta es sencilla. Porque tenía otro: “London Whale”. La Ballena de Londres.

Hace poco tuve la ocasión de tomarme un par de copas con otro trader que opera desde Londres. No tiene nada que ver con Bruno Iksil salvo porque ambos se bajan todas las mañanas en la misma estación de metro. Le pregunté por “el tipo de JP Morgan en Londres” del que tanto se hablaba últimamente en prensa. El del pollo de los derivados. “Ah sí, London Whale”, me contestó casi al instante. La Ballena de Londres, otra vez.

“No es extraño, todos tenemos un mote ahí”, me explicaba poco después esta persona tras yo preguntarle por el dichoso seudónimo. También me confesó el suyo, que por cortesía y buen hacer profesional no voy a reproducir aquí. (Aunque escuchando el origen del mismo he de reconocer que tiene su gracia; si es que en el fondo estos tíos son tan o más cachondos que nosotros, los plumillas).

Indagando un poco -tampoco demasiado, no se vayan a pensar…- he podido saber que Bruno Iksil era conocido, en sus ambientes, también como “Voldemort” (el malvado enemigo de Harry Potter) y “Caveman” (cuya traducción al castellano es, literalmente, hombre de las cavernas). Estas dos denominaciones, así como la de “London Whale”, reflejan la idea que se tenía de él: un tipo agresivo -a la hora de tomar posiciones en los mercados que cortejaba- caracterizado por mover grandes cantidades de dinero, tal y como finalmente ha podido comprobar con pesar James Dimon, consejero delegado de JP Morgan, el banco que le empleaba.

“Esto es como en el colegio, cuando los profesores te llaman por el apellido y en el recreo, sin embargo, se te conoce por un nombre alternativo que hace referencia a esto o aquello”, continuaba explicándome el otro trader, el que tuvo a bien agarrársela conmigo aquella noche.

Visto lo visto, entre estas explicaciones y lo que dan a entender algunos viejos periodistas económicos cuando afirman que estos tipos han pasado de manejar el mando de la PlayStation a manejar el mando de sus mesas de operaciones, empiezo a sospechar que, efectivamente, todo ese mundo se asemeja demasiado a un patio de colegio.